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jueves, 20 de noviembre de 2014

25 DÍAS EN LOS BALCANES. DÍA 8. ELBASAN-POGRADEC. 140 kms

DÍA 8. ELBASAN-POGRADEC. 140 kms

Esta podía haber sido perfectamente la etapa más corta del viaje, porque el motor se paró súbitamente al final de esos 140 kms, pero podía haber sucedido antes.

Inicié el día cambiando euros por leks en Librazhd. La estancia en Albania se estaba prolongando y era conveniente proveerse de más moneda local. Unos kilómetros más adelante crucé el Shkumbini y ya todo fue subir hacia las cumbres cercanas al Mali i Polisit y otros picos de nombre parecido. Un par de camiones bloqueaban deliberadamente el acceso nada más empezar la pista de tierra, pero no contaban con que una moto sí cabía entre los volquetes. Si más arriba estaban de obras o no me dejaban pasar, ya se vería. Enseguida el valle donde se ubican las aldeas de Hotolishit quedó muy abajo.



Respecto al terreno, progresivamente verde y embarrado, y cada vez con más surcos. Entretenimiento no faltaba.


El paisaje, precioso y solitario. La conducción, con los neumáticos repletos de barro, exigente.


Peleándome con la moto entre los surcos calé el motor y ya no quiso arrancar. Las luces funcionaban pero el motor de arranque no. Achaqué el problema al relé de dicho motor, ya me había sucedido una vez. Tal vez la lluvia y los charcos de los últimos días le habían afectado.Liberé la moto como pude y busqué una rampa para arrancarla a empujón. No le di mayor importancia: todo lo que debía hacer era evitar que el motor volviera a calarse en algún lugar "sin escapatoria". Así que seguí adelante.



Cerca de los 1700m de altura los bosques dejaron paso a las praderas. Había merecido la pena subir hasta allí, por si tenía alguna duda.



En la foto se aprecia que la luz de cruce era más bien mortecina. El estátor estaba fundido y la batería se iba agotando, por eso no podía hacer girar el motor de arranque, pero yo aun lo ignoraba.





Por supuesto yo conducía pensando en el origen de la avería, pero no podía concebir que pudiera tener la mala suerte de ir a fundir el estátor en parajes tan remotos, aquello no podía pasarme a mí. Unos kilómetros después me tomé un tiempo inspeccionanado la moto y me dio la impresión de que la luz delantera flojeaba, y la trasera... también. ¡Oh, no!


Llegó el momento de bajar al valle, y el camino se puso feo. Transcurría por las profundidades de un bosque húmedo, entre surcos, charcos y maleza. Como no podía ser de otra manera, calé la moto estúpidamente al ir a superar un arbolito raquítico caído en medio del camino.


 

La adherencia era mínima, por no decir inexistente, y en el primer arreón que le metí no conseguí que la rueda trasera agarrara. Me quedaba terreno en bajada para un segundo intento, de lo contrario me quedaría atrapado en una U sin posibilidad de arrancar. ¡Y lo conseguí!

Ignoraba cuánto tiempo de vida le quedaba a la batería. El plan inmediato era llegar hasta el valle y salir a alguna carretera transitada donde al menos, si la moto se acababa parando, podría pedir auxilio. Si la batería aguantaba, el siguiente objetivo sería alcanzar Pogradec y allí solucionar la avería. Podía haber descendido algunos trechos con el motor apagado para economizar electricidad, sí, pero tenía miedo también de que la batería ya no resucitara. El descenso fue larguísmo y cometí al menos un par de errores en un par de cruces, pero finalmente alcancé la civilización. Antes, por poco no atropello a una tortuga. Pobres, luego vi unas cuantas aplastadas sobre el asfalto.


Finalmente alcancé la orilla del lago Ohrid. En la foto inferior, al fondo se ve la orilla macedonia. Días después cumpliría el deseo de subir a aquellas cimas, pero de momento tenía la urgencia de llegar a Pogradec por aceptable carretera y una vez allí, con calma, resolver el problema eléctrico.


Primero busqué alojamiento, y después inspeccioné la moto en párking del hotel. Revisé todas las conexiones eléctricas susceptibles de ser las causantes del lío y las rocié bien con WD-40, el mismo ungüento que usaba para engrasar la cadena, pero no solucioné nada. El recepcionista del hotel me habló de un mecánico de confianza que había trabajado en Grecia y me hizo un plano para encontrar su taller: SERVISH MOTORRASH ENDRI. Por supuesto fui incapaz de encontrarlo, pero un ciclista me hizo el favor de conducirme entre callejuelas al susodicho taller. Justo cuando llegábamos la DRZ hizo prfpffoooof  y murió petardeando a unos 25 metros del Servish Motorrash. Me tocó empujar un poco cuesta arriba, es cierto, pero me fue fiel hasta el final.


Allí estaba la moto de Endri, pero no él. Apareció su madre y le dio un telefonazo para que se presentara de inmediato para socorrer a un turista español. En italiano conseguimos aclararnos medianamente. Él decía que el origen del mal estaba en el regulador, pero yo insistía en que más bien era cosa del estátor.


 Sin problema: yo tenía un estátor de recambio, así que íbamos a salir de dudas muy pronto.


En efecto, estaba frito. Puso la batería a cargar mientras hacíamos el cambio y en poco tiempo ya teníamos el motor cerrado.


Podía haberme atrevido a hacer yo la reparación, pero preferí contar con la ayuda de un profesional. Bueno, algunos tornillos estuvieron a punto de perderse por la alcantarilla, porque parte del desmontaje lo hicimos en la acera, pero se notaba que la mía no era la primera moto que desmontaba Endri. Además, al día siguiente se reveló que algún fleco había quedado pendiente de arreglar....

domingo, 19 de octubre de 2014

25 DÍAS EN LOS BALCANES. DÍA 7. SHKODER-ELBASAN. 290 kms

 DÍA 7. SHKODER-ELBASAN. 290 kms

Día de transición, sin grandes expectativas. El objetivo era "circunvalar" Tirana dirigiéndome al interior del país y después tomar rumbo sur con la intención de alcanzar Grecia en unos pocos días.

La salida de Shkoder fue sobre buen asfalto, hasta Perlat Qender, donde comenzaban las "otras" carreteras, pistas forestales donde la gente transita con turismos o furgonetas-autocar al ritmo que buenamente pueden.

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Este camión llevaba una carga algo especial. La gente aquí no tenía complejos.

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Recuerdo esta pista en bajada, con unas piedras afiladas molestísimas, no podía pasar de segunda y sufriendo, con el equipaje dando saltos. Imaginaós el confort dentro del Renault 21.

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Y por si no lo había dicho, Albania es territorio Mercedes. En cualquier pueblo encontrabas tiendas que anuncian recambios para esta marca.

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En las ciudades abundaban los scooters chinos. Motos de offroad, muy escasas, la mía y pocas más me temo.

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Respecto a la ruta en sí, lo habitual en Albania: curvas y más curvas, y de un puerto de montaña a otro. En cada valle, un río, este cercano a Kurbnesh, enclave minero, con un color muy peculiar.

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Los collados y altiplanos, generalmente verdes. Daba pena bajar al llano.

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En Muhurr vi una Honda Goldwing aparcada frentre a un bar solitario y vi la ocasión de echar un trago con alguien de mi gremio.

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Antes de pedir nada la dueña me obligó a sentarme en un sillón y apalabramos unas partidas de ajedrez.

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Luego apareciço Iliriano (en el centro de la foto), transportista, y cayó una segunda ronda de Tiranas.

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La conversación, en italiano, delirante e hilarante. Con gente así tienes la sensación de que nunca viajas solo.

Volvió a repetirse el guión de muchas tardes: de nuevo en el camino con un punto extra de felicidad y con la pertinaz lluvia de verano que siempre aparecía para refrescarme y devolverme a la realidad. Por delante todavía quedaban muchos kilómetros hasta Elbasan cruzando algún puerto por las habituales pistas de la red secundaria.

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Por suerte la lluvia se fue a otra parte, y ya en seco y con las últimas luces del día bajé hasta el valle del río Shkubini.

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Al final ni siquiera llegué a Elbasan. Se hizo de noche y paré en el primer hotel de carreretera que se me puso a tiro. Una jornada distendida. Para compensar, al día siguiente volverían las emociones fuertes.