Sucedió
a finales de enero, inmediatamente tras la nevada del siglo. Me dejé
convencer por Antoine, el más promiscuo endurero de la región, para
organizar un paseo por las zonas más afectadas por el temporal y aquello
acabó siendo un congreso de motos suecas más bien. Muy apropiadas las
monturas, pues las circunstancias nos depararon una entretenida jornada
de enduro nórdico.
En
total, cinco Huskies 2016-2017: dos FE350, dos TE250 y una FE250; unas
flamantes, otras más fogueadas, y alguna con tanta guerra a cuestas que
ya pocas piezas originales le quedan, concretamente esta:
En
realidad, pese a ser la más modificada de todas, era la Husky más sueca
de la cuadrilla merced a las suspensiones 100% Ohlins.
La
jornada nórdica la empezamos en tierras bajas con un recorrido de enduro
genuinamente mediterráneo, remontando una de las ramblas de nuestra
provincia en busca del blanco elemento.
Habían
pasado ya diez días desde la última nevada y temíamos que con el
deshielo la rambla pudiera estar anegada, pero para nuestra sorpresa no
fue así, y pudimos progresar a placer sobre terreno seco. Algún escollo
rocoso nos entretuvo un poco, pero nos fue bien para calentarnos de cara
a lo que nos esperaba más adelante.
Fue superar la cota 1000 y vernos inmersos en un
paisaje intensamente níveo. Seguramente, demasiada nieve. ¿Llegaríamos a
algún sitio?
Realmente
el temporal había sido histórico y dudábamos si no habíamos anticipado
demasiado nuestra visita a aquel territorio. Yo había calculado que en
diez días los espesores de nieve habrían menguado lo suficiente para
movernos con cierta comodidad, pero aquel inicio nos hizo desconfiar de
nuestras posibilidades.
De
momento, sobre pista hollada por los 4x4, nos plantamos en La Llacua,
la aldea más cercana. Desde allí la carretera estaba despejada; veríamos
de qué éramos capaces una vez nos saliéramos del camino principal.
Un
tractor debía haber limpiado la pista que nos convenía, y por estrecho
carril circulamos durante unos cuantos kilómetros, pero salirse del
caminillo era imposible: ni se intuía la traza de nuestra ruta.
Al
menos disfrutamos del recorrido por páramos nevados bajo un magnífico
cielo azul, y así pude olvidarme del tonto despiste de no haberme
llevado los guantes de neopreno. Una vez me rebocé accidentalmente con
la nieve y empapé bien los guantes ya empecé a lamentarme del olvido:
manos fresquitas hasta que pudiera secar la ropa en alguna estufa.
Que
conste que lo intentamos por varios lugares, pero no hubo manera de
progresar según nuestros planes. Tocaba retirada, al menos
momentáneamente, y así, finalizamos la mañana con más kilómetros de
asfalto de lo deseado.
Lo prudente era repostar, recuperar fuerzas en el bar y plantearnos cómo salvar el recorrido de la tarde.
La
comida se demoró más de la cuenta y algunos aprovecharon la espera para
aposentarse a la vera de una estufa y secarse las vestiduras.
Infelices, ignoraban que muy pronto nos remojaríamos de lo lindo en los
arroyos.
Nada mejor que comenzar la manga vespertina remojándonos bien en los torrentes que bajaban crecidos con el incipiente deshielo.
Este fue el primero de los vadeos. En la foto, Raúl, sobre Husky 250 2t. Le vi poco, porque siempre anduvo en cabeza.
El
(endureramente hablando) lujurioso Antoine cruzó después con su cada
día menos flamante 250 4t. Este hombre no se baja de la moto en toda la
semana:
Ferdinand, con la remozada 350 ex-Antoine, pasó después.
Siguió
un trozo de terreno "seco" donde, a menudo confundidos, buscábamos cada
uno nuestra trayectoria sobre el manto de nieve que cubría todas las
referencias. En la imagen, Javi, con otra 250 2t, quien estuvo casi todo
el tiempo liderando la banda.
Enseguida vino otro vadeo sobre aguas turbias. Tampoco importó mucho; total, ya veníamos remojados. De perdidos, al río.
Superadas
las humedades vino una entretenida sección de pistas con nieve virgen
en muchos tramos. O dicho de otra manera: fue entonces cuando empezamos a
remar.
Pronto
llegó el momento de buscar los primeros senderos. Suerte que los muros
de los azagadores hacían las veces de balizas, porque si no, nos
habríamos extraviado de inmediato.
Las
4t tomaban ventaja en algunas zonas, pero el ímpetu de Javi y Raúl
compensaba las flaquezas de sus 2t en según que trechos, y fueron ellos
los que casi siempre fueron abriendo un carril. En
realidad eran tres carriles: uno central, sucio y profundo, marcado por
las ruedas, y otros dos, menos perceptibles, excavados merced al pateo
de los pilotos para mantenerse derechos.
De esta guisa fuimos
abriendo camino, con las inevitables pausas para abrir y cerrar
porteras, y también para coger aire, que circular por la nieve cansa al
más pintado.
Suerte
tuvimos de que la subida fuera suave, porque por entonces circulábamos
ya inmersos en una nube tóxica de gases generados por la fritura de los
embragues. Anda que no se agradecían las bajadas por breves que fueran.
Aquí se ve bien el trenecito de Huskies en la brecha. Vaya espectáculo.
Y aquí un plano más cercano de Javi dejando a su paso una estela de nieve pulverizada.
Y acto seguido, Raúl, igualmente picando hielo.
Una senda que otrora no ofrecía apenas dificultades se tornó en traicionera trampa que nos fue desgastando de tanto remar.
Íbamos
para la cota 1200, pero poco antes los gruesos de nieve, la pendiente y
la hora ya tardía nos hicieron recapacitar y decidimos darnos la
vuelta.
Fijáos
lo largas que eran ya las sombras. Tocaba circular por páramos donde
sería imposible encontrar la traza del sendero y nos íbamos a quedar sin
luz muy pronto.
El
retorno, cuesta abajo y sobre el surco abierto, fue más agradecido que
la subida, pero aún así los músculos abductores acusaron sobremanera el
esfuerzo de ir dando zapatazos aquí y allá.
Salimos
de la nieve cerca del atardecer, cansados y algo deshidratados, pero
contentos de escapar de aquel infierno blanco. Menos mal que dimos la
vuelta a su debido tiempo; la verdad es que no habríamos tenido margen
para el más mínimo error y con total seguridad nos habría sorprendido la
noche en mal lugar.
Debieron
ser todavía unos 30 kms por carretera pasando frío hasta llegar a los
coches, pero sin duda, la jornada nórdica mereció la pena.