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jueves, 5 de enero de 2017

NAVIDAD 2016

Ferdinand y yo pensamos que para santificar las fiestas, nada mejor que reunirnos con nuestras gemelas suecas los días 24 y 26. Bueno, cada vez son menos gemelas, porque su nórdica entre Rekluse, Akrapovic y Ohlins cada vez está más irreconocible. El hombre se muestra exultante con la evolución de su máquina, ex-Antoine, y no es para menos, porque la adoptó hecha unos zorros.

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Yo andaba rabioso por disfrutar de una excursión de enduro en condiciones. Había estado haciendo tímidas pruebas para ver qué tal andaba la recuperación de mi brazo derecho, y cuatro meses después de la fractura parecía que podría resistir un primer test serio. Aprovechamos el buen tiempo anticiclónico de estas navidades y nos lanzamos a recorrer algunos de los parajes endureros más emblemáticos de nuestra provincia.

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El primer día la zurra fue de 100 km, pero reconozco que allá por el km 60 mi brazo ya pedía tregua. El caso es que anduvimos por ahí hasta que se nos fue la luz casi por completo y suerte tuvimos de no celebrar la nochebuena en plan subacuático merced a un tardío incidente en la rambla de la Viuda. Mira que lo tienen dicho: no aventurarse por los cauces, extremen la precaución con las crecidas, etc...

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El día 26 al poco de salir ya estábamos otra vez en remojo; no aprendemos.

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Esta segunda jornada fue más breve, 50 kms y para casa, básicamente porque yo estaba acusando los excesos en mis brazos. En general fueron dos días de test bastante productivos. Atención a las refulgentes botas Sidi réplica Cairoli que se gasta mi amigo. :mrgreen:

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Yo, por contra, voy cada vez más de camuflaje.



Y para acabar, el vídeo resumen del paseo navideño. Felices fiestas.

jueves, 6 de octubre de 2016

BALCANES 2016. DÍA 16. ASPROVALTA-KAVALA. 95 km

DÍA 16. ASPROVALTA-KAVALA. 95 km

Si somos rigurosos con la cronología, la decimosexta jornada comenzó pasada la medianoche en las terrazas del paseo marítimo de Asprovalta.

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Conocí a Saki, un empresario local. Estuvimos cenando y debatiendo sobre el apocalipsis que nos espera, luego salimos por ahí e inevitablemente la noche se nos fue de las manos. A la mañana siguiente, poco antes de las 12, vinieron a echarme del apartamento donde me alojaba, y con las pocas fuerzas que me quedaban, bajo un sol abrasador, llegué hasta una playa desierta y me eché debajo de un olivo a dormir.

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A las cuatro de la tarde ya estaba más católico y reemprendí la marcha siguiendo siempre la línea costera, casi siempre por carretera, con alguna incursión por pista cuando más accidentado era el relieve.

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El sol abrasaba, la ropa ardía y el casco me oprimía el cráneo con saña. Un nuevo receso playero se imponía para bajar la temperatura y despejarme definitivamente.

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Más fresco, seguí rumbo este hacia Kavala o tal vez Keramoiti. En alguna de esas ciudades tenía previsto tomar un barco hacia la isla de Thassos, pero dado lo informal de la jornada, ignoraba donde embarcaría. La consigna de momento era avanzar y disfrutar de la escarpada geografía que puntualmente se intercalaba entre zonas playeras saturadas de veraneantes.

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Andaba yo desprecoupado disfrutando del primer airecillo fresco de la tarde cuando sucedió lo imprevisto. En una zona interurbana entre urbanizaciones circulábamos en trenecito varios vehículos cuando, tras salir de un semáforo, la cola de coches se detuvo súbitamente. Yo creo que iba cantando Wrecking Ball de Miley Cyrus y mirando a mi derecha por un segundo cuando me di cuenta de la retención. Aunque tiré de frenos y me escoré a la izquierda para esquivar el coche que me precedía, el impacto fue inevitable. ¡Toma Wrecking Ball!

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Pasé del éxtasis al anticlímax en una fracción de segundo. El manillar y mi mano derecha chocaron con el portón trasero del VW con tan mala suerte que no me hice ni un rasguño, pero me rompí el radio y el cúbito. De la cola de coches que se montó tras el incidente, enseguida apareció Emanuel, afionado a las motos, que se encargó de buscarme párking para la Suzuki en un chalet vecino, donde vivía Dimitra, una anciana que inmediatamente me sacó una butaca a la calle y también bebida mientras llegaban las asistencias.

El brazo no tenía mala pinta, solo un bulto por encima de la muñeca, y el dolor inicial fue remitiendo. Luego la chica policía que vino a tomarme declaración me montó una buena comedia: se puso my nerviosa y me amenazó con no dejarme salir del país si se me ocurría pedir daños y perjuicios a la otra parte implicada. El poli bueno se limitó a hacerme la prueba de la alcoholemia y a darme conversación sobre motos y la locura que implican. Posteriormente la ambulancia me llevó al hospital de Kavala, que estaba a sólo 7 kms de distancia, donde pasaría los siguientes tres días practicando el turismo sanitario.

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Prácticamente fue llegar, radiografiarme, presentarme a mis compañeros de habitación, anestesiarme y operarme esa misma noche. Sin esperas, sólo fírmame aquí unos papeles, unos paseos en silla de ruedas, y de vuelta a la habitación medio atontado con el brazo relleno de tornillos, grapas y demás metales. De los bares nocturnos de Asprovalta a la mesa del quirófano de Kavala en unas pocas horas; puedo afirmar con justificada rotundidad que aquel fue un viernes más bien intenso.

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El sábado, más sereno y hecho un fakir, tomé plena conciencia de mi situación. De los tres enfermos que compartíamos habitación yo era el que mejor estado presentaba, así que por comparación, debía darme por afortunado. Además, los familiares de mis compañeros me echaron una mano sin ni siquiera pedírselo yo siempre que venían de visita. Otro motivo de ánimo eran las magníficas vistas al Egeo y a la isla de Thassos desde mi ventana, pero siempre con la añoranza de pensar que dicha isla, en mis planes, la había concebido como el ecuador del viaje y punto desde el cual iniciaría el regreso a casa siempre mirando hacia occidente.

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Si añadimos que el hospital era de flamante construcción y que el personal que me atendió destacaba sobremanera por su profesionalidad podríamos pensar que no podía haberme accidentado en mejor localización, claro, pero también había algunas pegas. Que mi compañero más enfermo delirara sin parar a todas horas o que el 50% de la dieta del hospital consistiera en hogazas de pan, la verdad, no me importaba mucho. Tampoco era especialmente relevante que Maggi, mi otro colega de penurias, controlara con mano férrea el mando del aire acondicionado para que apenas se pusiera en marcha en una región notable por sus elevadas temperaturas estivales. Con lo bondadosos que habían sido todos conmigo, ¿qué podía objetar yo ante estas cosillas?

El principal problema para la convivencia fue que Maggi también detentaba el poder sobre el mando de su TV, y allí veíamos Cine de barrio en griego, la misa en griego, el Sálvame griego, etcétera, todo ello aderezado con música folklórica a tutiplén, a buen volumen, y puede decirse que 24 h sin parar. El sábado se me hizo largo, pues.

El domingo a mediodía vinieron a verme unos amigos que casualmente estaban veraneando por la provincia y gracias a ellos salí momentáneamente de mi aburrida condición de enfermo solitario. Por la tarde llegó el subidón cuando mi traumatólogo me dio licencia para marcharme; buah, no tenía ganas de pasar allí ni un día más. En el fondo, me dio pena despedirme de mis compañeros de penurias. Ellos estaban acompañados por su familia al menos, sí, pero en un estado de salud bastante penoso. Pobres.

Vestido de calle y con la maleta en la mano estaba aclarando algunos detalles con las encargadas de planta sobre el papeleo pendiente cuando se presentó una traumatóloga despampanante con un modelito médico fucsia rabioso:

¿Adónde vas ahora, Ignatios? ¿Dónde vas a pasar la noche? Aunque tengas el alta, no te vayas. Te daremos la cena y puedes quedarte a dormir también.

Ironías del destino: seductora y exótica mujer me invita a cenar y además pone la cama, e incomprensiblemente, yo me deshago en excusas para rechazar su propuesta. Si no conociéramos convenientemente el contexto habría que pensar que me había vuelto definitivamente majareta a causa del traumatismo o la anestesia .

Me busqué un hotel en Kavala y en cuanto me instalé salí corriendo a la calle a merendar-cenar comida y bebida de verdad. Pocas veces he valorado más mi libertad y autonomía. Estaba dolorido y maltrecho sí, pero con capacidad de hacer lo que me viniera en ganaaaaaaaaaaa. Me rompo un brazo de la manera más leve posible y ya me pongo medio histérico; si me llego a lesionar más gravemente no sé qué habría sido de mí. Está visto que no aguanto nada.

Pasé el lunes haciendo gestiones telefónicas para gestionar mi repatriación y la de la moto (la noticia de que también debían repatriarme el coche se la di a la aseguradora un par de días después, no fuera que les diese un síncope con tanto jaleo). El martes de madrugada ya estaba camino de casa con buen ánimo y sin apenas dolor. Desde el viernes por la tarde hasta el martes a mediodía cuando aterrizaba en Barcelona la secuencia de eventos había sido incesante. Inesperadamente, el accidente, la operación y la estancia en el hospital forman parte de la aventura que había comenzado 20 días antes, pero, francamente, no me arrepiento de nada: aunque las cosas salieron de manera muy diferente a lo previsto, la experiencia mereció la pena en todos los sentidos. De hecho, la valoro tanto que lejos de minar mi moral, ya estoy pensando en organizar el retorno para continuar lo que dejé a medias.

Respecto al brazo, fueron 45 aburridos días de vendaje y escayola. Ahora ya llevo 15 días con el brazo liberado y moviendo la mano cada vez más, aunque falta un tiempo para recuperarme del todo.

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Mientras tanto me salió un comprador para la Husaberg y hasta me di una vuelta con ella por el garaje antes de deshacerme de la sueca para siempre, no todo iban a ser malas noticias. FIN