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martes, 7 de marzo de 2017

CONVENCIÓN DE HUSQVARNAS

Sucedió a finales de enero, inmediatamente tras la nevada del siglo. Me dejé convencer por Antoine, el más promiscuo endurero de la región, para organizar un paseo por las zonas más afectadas por el temporal y aquello acabó siendo un congreso de motos suecas más bien. Muy apropiadas las monturas, pues las circunstancias nos depararon una entretenida jornada de enduro nórdico.



En total, cinco Huskies 2016-2017: dos FE350, dos TE250 y una FE250; unas flamantes, otras más fogueadas, y alguna con tanta guerra a cuestas que ya pocas piezas originales le quedan, concretamente esta:



En realidad, pese a ser la más modificada de todas, era la Husky más sueca de la cuadrilla merced a las suspensiones 100% Ohlins.

La jornada nórdica la empezamos en tierras bajas con un recorrido de enduro genuinamente mediterráneo, remontando una de las ramblas de nuestra provincia en busca del blanco elemento.

Habían pasado ya diez días desde la última nevada y temíamos que con el deshielo la rambla pudiera estar anegada, pero para nuestra sorpresa no fue así, y pudimos progresar a placer sobre terreno seco. Algún escollo rocoso nos entretuvo un poco, pero nos fue bien para calentarnos de cara a lo que nos esperaba más adelante.


Fue superar la cota 1000 y vernos inmersos en un paisaje intensamente níveo. Seguramente, demasiada nieve. ¿Llegaríamos a algún sitio?


Realmente el temporal había sido histórico y dudábamos si no habíamos anticipado demasiado nuestra visita a aquel territorio. Yo había calculado que en diez días los espesores de nieve habrían menguado lo suficiente para movernos con cierta comodidad, pero aquel inicio nos hizo desconfiar de nuestras posibilidades.




De momento, sobre pista hollada por los 4x4, nos plantamos en La Llacua, la aldea más cercana. Desde allí la carretera estaba despejada; veríamos de qué éramos capaces una vez nos saliéramos del camino principal.



Un tractor debía haber limpiado la pista que nos convenía, y por estrecho carril circulamos durante unos cuantos kilómetros, pero salirse del caminillo era imposible: ni se intuía la traza de nuestra ruta.

Al menos disfrutamos del recorrido por páramos nevados bajo un magnífico cielo azul, y así pude olvidarme del tonto despiste de no haberme llevado los guantes de neopreno. Una vez me rebocé accidentalmente con la nieve y empapé bien los guantes ya empecé a lamentarme del olvido: manos fresquitas hasta que pudiera secar la ropa en alguna estufa.


Que conste que lo intentamos por varios lugares, pero no hubo manera de progresar según nuestros planes. Tocaba retirada, al menos momentáneamente, y así, finalizamos la mañana con más kilómetros de asfalto de lo deseado.



Lo prudente era repostar, recuperar fuerzas en el bar y plantearnos cómo salvar el recorrido de la tarde. 

La comida se demoró más de la cuenta y algunos aprovecharon la espera para aposentarse a la vera de una estufa y secarse las vestiduras. Infelices, ignoraban que muy pronto nos remojaríamos de lo lindo en los arroyos.


Nada mejor que comenzar la manga vespertina remojándonos bien en los torrentes que bajaban crecidos con el incipiente deshielo.

Este fue el primero de los vadeos. En la foto, Raúl, sobre Husky 250 2t. Le vi poco, porque siempre anduvo en cabeza.

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El (endureramente hablando) lujurioso Antoine cruzó después con su cada día menos flamante 250 4t. Este hombre no se baja de la moto en toda la semana:

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Ferdinand, con la remozada 350 ex-Antoine, pasó después.

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Siguió un trozo de terreno "seco" donde, a menudo confundidos, buscábamos cada uno nuestra trayectoria sobre el manto de nieve que cubría todas las referencias. En la imagen, Javi, con otra 250 2t, quien estuvo casi todo el tiempo liderando la banda.

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Enseguida vino otro vadeo sobre aguas turbias. Tampoco importó mucho; total, ya veníamos remojados. De perdidos, al río.

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Superadas las humedades vino una entretenida sección de pistas con nieve virgen en muchos tramos. O dicho de otra manera: fue entonces cuando empezamos a remar.

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Pronto llegó el momento de buscar los primeros senderos. Suerte que los muros de los azagadores hacían las veces de balizas, porque si no, nos habríamos extraviado de inmediato.

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Las 4t tomaban ventaja en algunas zonas, pero el ímpetu de Javi y Raúl compensaba las flaquezas de sus 2t en según que trechos, y fueron ellos los que casi siempre fueron abriendo un carril.

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En realidad eran tres carriles: uno central, sucio y profundo, marcado por las ruedas, y otros dos, menos perceptibles, excavados merced al pateo de los pilotos para mantenerse derechos.

De esta guisa fuimos abriendo camino, con las inevitables pausas para abrir y cerrar porteras, y también para coger aire, que circular por la nieve cansa al más pintado.

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Suerte tuvimos de que la subida fuera suave, porque por entonces circulábamos ya inmersos en una nube tóxica de gases generados por la fritura de los embragues. Anda que no se agradecían las bajadas por breves que fueran.

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Aquí se ve bien el trenecito de Huskies en la brecha. Vaya espectáculo.

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Y aquí un plano más cercano de Javi dejando a su paso una estela de nieve pulverizada.

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Y acto seguido, Raúl, igualmente picando hielo.

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Una senda que otrora no ofrecía apenas dificultades se tornó en traicionera trampa que nos fue desgastando de tanto remar.

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Íbamos para la cota 1200, pero poco antes los gruesos de nieve, la pendiente y la hora ya tardía nos hicieron recapacitar y decidimos darnos la vuelta.

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Fijáos lo largas que eran ya las sombras. Tocaba circular por páramos donde sería imposible encontrar la traza del sendero y nos íbamos a quedar sin luz muy pronto.

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El retorno, cuesta abajo y sobre el surco abierto, fue más agradecido que la subida, pero aún así los músculos abductores acusaron sobremanera el esfuerzo de ir dando zapatazos aquí y allá.

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Salimos de la nieve cerca del atardecer, cansados y algo deshidratados, pero contentos de escapar de aquel infierno blanco. Menos mal que dimos la vuelta a su debido tiempo; la verdad es que no habríamos tenido margen para el más mínimo error y con total seguridad nos habría sorprendido la noche en mal lugar.

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Debieron ser todavía unos 30 kms por carretera pasando frío hasta llegar a los coches, pero sin duda, la jornada nórdica mereció la pena.