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sábado, 8 de septiembre de 2012

GEORGIA 2012. DÍA 10. BAKURIANI-POTI

DÍA 10- BAKURIANI-POTI. 300 Kms

Para el último día podía haberme atrevido con una exigente etapa por el sur de Javakheti bordeando la frontera con Turquía a través de un extenso y desolado altiplano, pero tenía muchas dudas sobre su viabilidad. No me apetecía enfrascarme en nuevas refriegas con los perros pastores, ni sufrir por culpa de la deficiente carburación en altura o tener que recular por la nieve acumulada en el camino. En resumen, me faltó ánimo para afrontar la que seguramente era la etapa más salvaje de mi proyecto. En su lugar opté por una etapa de perfil muy conservador, con 90 kilómetros iniciales sobre asfalto y el resto por lugares medianamente civilizados o ya conocidos.




La pista que lleva hasta el puerto de Goderdzi fue de lo más exigente del día, debido a las nubes de polvo que levantaban los numerosos camiones que por allí transitaban a paso de tortuga. Sin duda en invierno los problemas deben ser muy diferentes con la nieve y el barro, pero en pleno verano me tocó respirar tierra durante buena parte de la mañana.




Tras respostar poco antes de Khichauri volví a ascender por terreno familiar hasta Gomismta,




la primera de las aldeas de alta montaña que conocí en este viaje por el Cáucaso.




Diez días más tarde, cerraba el círculo. Ya no quedaba más que descender al Mar Negro cruzando la barrera de niebla permanente que rodea Gomismta y seguir la costa en dirección norte hasta Poti. Pasé el resto de la tarde con la gente que frecuentaba el lavadero de coches situado frente a mi hotel. Tomamos algo de beber mientras me lavaban la moto, operación que les llevó muchos minutos a causa de la porquería acumulada y el celo que puso el empleado, pero he de reconocer que me la dejaron casi más limpia que nueva.

Llegaba el momento de recoger el material y decir adiós a Georgia después de 2400 kms en moto y 10 días de intenso disfrute gracias a sus imponentes paisajes y sus hospitalarios habitantes. Necesitaría otros 6 días para recorrer 4500 aburridos kilómetros de coche hasta llegar a casa, vaya contraste.


Algunos datos rápidos que puedan ser de interés.

Neumáticos: Blando delante (Bridgestone M203) y duro detrás (Mitas C-02). Aguantaron los 2400 kms del viaje y otros 800 kms posteriores. El Bridgestone acabó apurado, aunque utilizable aún. El Mitas sigue montado y le queda tanta vida como riesgos quieras asumir con sus tacos redondeados imposibles de gastar. Ambas ruedas fueron una buena opción, pues cumplieron sus expecativas de vida y se comportaron bien en los momentos críticos sobre barro o en los caminos destrozados.

Roturas: el tercer día rompí la cuna del gps. Por suerte el trocito de cuna que quedó sano era suficiente para soportar mínimamente el receptor y bastó con llevar el gps siempre encintado con esparadrapo para que no saliera volando. En la misma caída se abolló seriamente el radiador izquierdo. Una vez en España la bomba del agua se rompió 700 kms más tarde (la DRZ tenía entonces 14000 kms).

Motor: bien, excepto por la carburación, demasiado gorda a partir de los 2000 metros de altura y los subsiguientes ahogos al abrir gas. A veces usé gasolina de 93 octanos. Una vez en casa, cuando quise arrancar la moto, fue imposible. El motor giraba y aunque había chispa, no arrancaba. Limpié los resíduos del depósito (pocos) y los de la cubeta del carburador (¡muchísimos, nunca había visto tanta porquería!) además de soplar los chiclés y arrancó. Para el próximo viaje debo pensar en instalar el tornillo largo de regulación de riqueza y ver la manera de colocar un buen filtro de papel para la gasolina.

Cartografía: para el gps los mapas de OpenStreetMap, gratuitos y bastante aceptables. Los mapas convencionales fueron los de Geoland, de escala bastante reducida y con deficiencias, pero no había nada mejor.




Recorrido: cumplí con el 80% de lo que había planeado. Ya expliqué que desisití de hacer la etapa más dura por el sur de Javakheti y las dos jornadas caucásicas por Shatili y Omalo. Recientemente supe que a finales de agosto hubo una escaramuza entre mujaidines de Daguestán y el ejército Georgiano en la garganta de Lopota, a unos escasos 20 kms de la ruta que planeé hacia Omalo.

http://en.wikipedia.org/wiki/Lopota_Gorge_hostage_crisis

Hubo secuestro de civiles y ensalada de tiros con 13 muertos en total. Es una lástima, buena parte de las fronteras son inseguras por culpa de los conflictos con Rusia, o sencillamente están cerradas, que es lo que sucede con las repúblicas independentistas de Osetia del Sur y Abjasia.



El trazo azul sobre el mapa representa la ruta real; en verde y rojo lo que no llegué a hacer.



Sólo vi una pequeña porción del Gran Cáucaso, pero es que en las circunstancias políticas actuales las partes accesibles son relativamente escasas. Por contra, el Cáucaso Menor es territorio totalmente seguro y con muchas más posiblidades para el offroad. En realidad todo el país es terreno propicio para la moto de enduro a causa de lo accidentado del relieve, la ausencia de prohibiciones para circular y la tolerancia del paisanaje. Otro factor positivo muy a tener en cuenta es el respetable tamaño de los botellines de cerveza y la abundancia de puestos de bebidas. En contra está el abandono de buena parte de los caminos, en vías de desaparición por falta de uso.

En resumen, el viaje fue exitoso. A pesar de la deficiente información cartográfica, los caminos imposibles, los controles policiales y las dificultades con el idioma, no puedo decir que no acabara todos los días sintiéndome satisfecho de lo acontecido a lo largo del recorrido. La población local se mostró siempre amable, y no sería justo acabar este relato sin subrayar su gran generosidad con el viajero. Debemos preguntanos si en occidente nosotros nos mostramos tan abiertos y solícitos con el extraño. Seguro que no.

FIN




LINKS: 
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http://www.advrider.com/forums/showthread.php?t=544820 

viernes, 7 de septiembre de 2012

GEORGIA 2012. DÍA 9. TBILISI-BAKURIANI

DÍA 9. TBLISI-BAKURIANI. 210 KMS

Tuve que improvisar una ruta para salir de Tbilisi en dirección oeste buscando los caminos más atractivos que me llevaran hasta Manglisi para, una vez allí, reanudar el viaje tal como lo había planeado originalmente.

Inicialmente hubo que cruzar buena parte de la ciudad




y luego internarse por los suburbios hasta salir a campo abierto.




Enseguida volví a reencontrarme con los caminos a punto de desaparecer tragados por la hierba y la sensación de no estar nunca seguro de si conducirían a algún sitio o morirían sin salida.




Tras unos 70 kilómetros de incertidumbre al final llegué a un singular paraje de colinas cubiertas con espadas gigantes y estatuas de guerreros mutilados dispersas por varios montículos.







Algunos de los visitantes que por allí campaban me explicaron que en ese lugar, llamado Didgori, los ejércitos georgianos derrotaron a los persas en el siglo XII y que dicha victoria condujo a la reconquista de Tbilisi. De cerca las espadas todavía resultaban más impresionantes y, en general, el lugar inspiraba un sentimiento ciertamente estremecedor.




Tras dar un paseo por el campo de batalla proseguí mi ruta por otras lomas siempre verdes




y con vistas menos inquietantes.




Sabía que en el Cáucaso Menor tendría ocasión de rodar por montañas suaves y sin apenas arbolado. Y así fue;  un agradable contraste con los bosques y los glaciares de las jornadas precedentes.




Me detuve en Manglisi para aprovisionarme de cerveza y khachapuri. En la licorería un grupo de gente estaba comprando litronas, eran a Irakli y sus amigos, quienes me animaron a acompañarles hasta el río Algeti para compartir un trago.




En los alrededores la gente se lo pasaba pipa dejándose arrastrar por la corriente




mientras nosotros le dábamos un buen tiento a la cerveza. Irakli me ilustró acerca de la reserva natural del Algeti




y más tarde me hizo de guía de la catedral de Manglisi.







Él y sus amigos insistieron en que me quedara en el pueblo ya que por la noche montarían una barbacoa a la que yo estaba invitado. Me habría encantado asistir, pero me pareció que era demasiado pronto para descansar aquel día y les hice entender que prefería continuar viaje hacia Bakuriani. Tenía interés en pasar a la región de Samtskhe-Javakheti y llegar a una zona de lagos que me esperaba más adelante, pero todavía no había cubierto ni la mitad del trayecto planeado.

En el mapa la línea azul corresponde a la infructuosa ruta del día anterior, la de color magenta a la del día en curso, y la línea de color granate a un atajo que cruzaba las montañas Trialeti pero que el día anterior fui incapaz de encontrar, básicamente porque no constaba en el mapa (!!!!).



 Desde Manglisi hasta Imera la ruta fue asfáltica, a partir de ahí volví a las pistas de tierra donde la gente se desplazaba con anticuados turismos




o camiones como el de la foto. Atención a las cadenas que llevaba colgando del paragolpes.




Durante decenas de kilómetros rodé por un altiplano cubierto de zonas de pastura y salpicado por lagos como el de Bareti




e inmumerables aldeas como Tsintskaro, Santa, Bashkoi, Karakomi...




Cometí un error con el gps y sin querer me metí en Tedjisi, una modesta aldea,




y me fui dirección norte a través de una llanura surcada por pequeños riachuelos. El caballo de la foto inferior me jugó una mala pasada, pues estaba atado con una cuerda, y se cruzó en mi camino justo cuando yo acabé de cruzar el río. Me fue de un pelo liarme con la cuerda y caer al suelo.




Seguí un trecho a través de la pradera hasta que otro riachuelo de riberas escarpadas hizo que me replanteara la ruta: me había equivocado y en realidad estaba siguiendo el teórico final de etapa del frustrante día anterior. Sin tiempo para explorarlo, volví atrás y bordeé el pantano de Tsalka para seguir atravesando planicies verdes




y aldeas donde todavía pervive algún monumento de la época soviética. 
 


La planicie ascendía progresivamente hacia los 2000 metros de altura, bajaba la temperatura, arreciaba el viento y el cielo se iba cubriendo de nubes.








Llegué a una zona habitada por pastores nómadas donde no era extraño ver nutridos rebaños de ovejas o cabras pastando por empinadas laderas, en este caso por las de un volcán extinto.







Otros animales menos amistosos merodeaban cerca de los campamentos de los ganaderos: los ovcharkas, enormes perros pastores con temperamento similar al de los dobermans, utilizados como vigilantes en las prisiones rusas, para matar lobos o cazar osos.




Si el camino pasaba cerca de las tiendas el ataque estaba garantizado, pues son animales muy territoriales y salían disparados a por mí. Me dio la impresión de que a veces trabajaban en equipo intentando maniobras envolventes para cercarme. Afortunadamente pude zafarme de todas sus embestidas, pero reconozco que su aspecto era atemorizador y me hicieron pasar un mal rato.

La pista cada vez subía más, y el lago Tabatskuri se fue quedando atrás.



 
Poco después de pasar una destartalada ermita en medio de la nada



la pista de tierra se transformó en incómoda vía empedrada.




El camino fue elevándose sobre los pastos y los ríos




hasta culminar en el puerto de Tskhratskaro (2400 m) en cuya cima, al amor de la lumbre en una barraca, me esperaba la policía. Me soprendió que en una zona alejada de cualquier frontera fueran tan rigurosos con el control de viajeros, pero se tomaron su tiempo en ficharme e interrogarme y tardé unos cuantos minutos en salir de allí.




Para acabar el día sólo me quedaba descender hasta Bakuriani, resort de montaña que fue favorito de la aristocracia rusa, los esquiadores soviéticos y, actualmente, destino de fin de semana de los georgianos.




En Bakuriani coincidí con tres endureros de Tbilisi que estaban allí de vacaciones. Enseguida me preguntaron si llevaba cámaras de recambio para comprarme una de 21". Fuimos al taller de neumáticos local y comprendí cual era su problema: el neumático había girado sobre la llanta y habían degollado la válvula de una KTM 690, el problema era que allí no tenían repuesto. Otra vez me ofrecieron dinero por mi cámara, pero lógicamente no acepté. Me costó un rato convencerlos de que, viajando solo, yo la necesitaba mucho más que ellos. Supongo que no querían desperdiciar ni un solo día de sus vacaciones esperando que les llegara un envío desde la capital.

Y así acabé el penúltimo día de viaje. Si todo salía bien al día siguiente llegaría a mi base en Poti. Sólo de pensar en el calor asfixiante que me esperaba a la orilla del Mar Negro ya me ponía igualmente negro.


Descargar track día 9 Tblisi-Bakuriani


miércoles, 5 de septiembre de 2012

GEORGIA 2012. DÍA 8. GORI-TBILISI. 230 KMS

 DÍA 8. GORI-TBILISI. 230 KMS

Salió todo al revés. Quería seguir un rumbo siempre hacia el oeste pero terminé yendo hacia el este, acabando en la capital, Tblisi. Le tengo aversión a las grandes urbes y nada más lejos de mis planes que meterme con la moto en una ciudad de 1,5 millones de habitantes, pero así fue.



Me las prometía muy felices, ya que disponía de un track medianamente fiable para cruzar la cordillera que separa Gori de Tsalka. Con suerte, ese día llegaría a Bakuriani o Borjomi...

Sin tiempo para visitar el museo de Stalin, salí de Gori por la avenida que lleva el nombre del dictador




y nada más cruzar el puente sobre el Mtkvari surgió el primer problema: la carretera hacia Khidistavi era de dirección única, prohibida para mí, y no había manera lógica de incorporararse. Suerte que el primer paisano al que pregunté se ofreció a guiarme con su coche por un laberinto de callejas hasta dar con el acceso correcto. Fue todo asfalto hasta Ormotsi, donde empezaba lo bueno, decenas de kilómetros a través de profundos bosques subiendo y bajando por caminos con inumerables variantes.




Si esto sucedía en un claro del bosque, generalmente una de las alternativas estaba bloqueada por un charco gigante, otra estaba repleta de barro, y finalmente una tercera circunvalaba con éxito todas esas humedades. Si la ruta iba por la ladera de la montaña no había más opción que seguir un surco bien hondo durante largo rato y apechugar con el barro, el agua o los troncos que fueran surgiendo.




En algunos casos las alternativas habían surgido para salvar rampas de mucho desnivel, muy desgastadas por los camiones y la erosión natural. Menos mal, porque bajé por algunos sitios muy comprometidos, y esas alternativas me permitieron, no sin problemas, volver sobre mis pasos cuando me hizo falta. Para entender la dificultad de las zonas, baste decir que me crucé con un camión que llevaba las cadenas puestas.

La cosa no pintaba bien. Los caminos estaban muy deshechos, los pueblos que aparecían en el mapa sencillamente no existían o eran a lo sumo una casa y un corral deshabitados, las distancias se prolongaban, la desolación lo dominaba todo, y los pocos vestigios de civilización tampoco eran muy alegres que digamos:




El ataque serio a la cordillera no llegó a producirse. Antes había que cruzar este río:




y cuando llegó el momento de vadearlo, surgieron las dudas. Pateé el lecho del río con detenimiento buscando el lugar más propicio para pasar al otro lado, pero no lo vi claro. El temor a naufragar en lugar desolado pudo más que las ganas de saber qué me esperaba más adelante y di la vuelta. Entonces fue cuando me arrepentí de haber bajado por según qué cuestas, pero con esfuerzo y mucha concentración salí adelante.

Regresé a Khidistavi y, mapa en mano, improvisé otra ruta para cruzar la sierra de Trialeti hacia el sur. Desde Kavtiskhevi parecía posible llegar hasta Manglisi siguiendo una "carretera" de color amarillo. No recordaba haber visto ninguna carretera por allí en las imágenes de satélite que había repasado inumerables veces mientras planeba el viaje, pero en el mapa se veía muy claro, hasta tenían numeración oficial.

La ruta hasta Kavtiskhevi era totalmente llana, atravesando pueblitos y aldeas desperdigados a lo largo de carreteras y caminos de toda índole. En una gasolinera desvencijada reposté gasolina de bidón, la única vez en todo el viaje. Tampoco puse mucha, sólo la justa para garantizarme la autonomía necesaria para llegar hasta Manglisi.

Pasé Tsinarekhi y puse rumbo por segunda vez aquel día hacia la cordillera,




previa parada en la iglesia de Maghalaant,




espléndida por fuera,




tétrica por dentro.




Este coche me hizo pensar que la carretera realmente llevaba a alguna parte. Qué ingenuo.




En realidad conducía hasta el pequeño monasterio de Kvatakhevi, pero nada más. El camino se transformó en senda y aún tuve arrestos de internarme por el tupido bosque en busca de un camino cercano que aparecía en el gps, pero fue en vano.



 
Podía haber acudido al monasterio para que los monjes me orientaran, pero ni lo intenté. Si aquel valle tenía escapatoria era la que yo había intentado, y en moto no podía llegarse más lejos de lo que yo lo había hecho. Asumí que aquel día estaba ya perdido, y que si no quería repetir trayecto, me veía empujado a llegar a Tbilisi para bordear la cordillera por el este. Reculé, y cuando sólo llevaba recorridos unos 4 kilómetros desde el monasterio, caí en la tentación de explorar una pista que salía por mi izquierda. Total, la capital era fácilmente accesible por carretera, podía emplear las pocas horas de luz que quedaban en probar suerte por allí.

La pista era muy estrecha y enseguida empezó a ascender. El primer trecho parecía estar en uso, luego el camino empezó a empeorar y parecía morir en una casucha. Eché pie a tierra para replantearme por dónde seguir y fue entonces cuando vi a un par de leñadores descansando en una colina un poco más abajo. Intenté comunicarme por señas y a gritos con ellos para dilucidar si estaba siguiendo el camino principal pero no hubo manera. Di la vuelta y conseguí llegar hasta su posición. Allí saqué el mapa y les pedí consejo para llegar hasta Botisi, la población a donde debía conducirme la "carretera" según mi mapa. El leñador que estaba menos alcoholizado de los dos me dijo algo así como que había tenido suerte de conocerle, pues si alguien conocía bien aquel territorio, ese era él.

El territorio, por cierto, era un continuum de montañas y bosques por donde era imposible intuir la presencia de camino alguno.




El hombre me explicó la ruta correcta con profusión de detalles, la mayor parte de los cuales, evidentemente, no entendí. Volví a internarme en el bosque por los típicos caminos que ya conocía,




generalmente a la sombra, embarrados, y al límite de la desaparición por falta de uso. Enseguida desaparecieron las marcas de neumáticos, en su lugar me pareció ver alguna huella de oso bien marcada en el barro. Cuando el camino ya no podía estar más borrado, me encontré con una pequeña empalizada que me cortaba la marcha. Justo delante, un caballo y su jinete, quien estaba dando los últimos toques a los troncos de la barrera. El hombre se quedó un tanto perplejo al verme allí con la moto. Me explicó que Botisi estaba cerca, pero que después lo iba a tener crudo.

"Daroga niet!", (¡Carretera no!).

Saber algo más de ruso me habría servido de mucho en aquella situación, aunque los gestos y la expresión de la cara de mi interlocutor bastaron para comprender que posiblemente no tenía muchas posibilidades de llegar a mi objetivo. Con poca convicción pasé al otro lado de la cerca y seguí hasta vislumbrar una casa y un camión abajo en el valle.




Si había un camión, debía haber salida. Lo extraño era que el único camino en uso era el que conducía hasta mi posición, el resto parecían haber desaparecido bajo la vegetación. La bajada fue vertiginosa, pues la pista era tan empinada que estaba completamente abarrancada. Descendí con cierta indecisión: quería solventar el misterio de si el valle tenía salida, pero si me veía obligado a subir por allí lo iba a pasar mal.

Al llegar abajo me recibieron un anciano, una mujer y un niño. Me explicaron que aquella casa era en realidad Botisi. El camión estaba medio desguazado, debió llegar hasta allí hacía décadas, cuando los caminos todavía estaban transitables. Seguramente la vía de comunicación que utilizaban aquellas personas era la que yo había seguido, a pie o a caballo. Me sentí tan desolado como Charlton Heston en la escena final de El Planeta de los Simios al descubrir la Estatua de la Libertad enterrada en la arena. Cuando pregunté si podía seguir hasta Mokhisi, el siguiente pueblo, el anciano, que llevaba alguna copa de más encima, se mostró optimista, pero fui incapaz de entender sus indicaciones. El niño, que sabía alguna palabra en inglés, me explicó que me iba a encontrar un camino bloqueado por la vegetación y árboles caídos y que era inútil intentarlo. O eso entendí yo.




Se confirmaba lo que había visto desde las alturas: no se distinguía camino ni a derecha ni izquierda, parecía haber llegado a un valle prácticamente incomunicado. Quedaban un par de horas de luz y no me pareció sensato insistir por aquella vía. Una vez más tocaba retroceder. Me despedí de aquella buena gente y afronté con la máxima concentración el ascenso del camino-barranco por donde unos minutos antes había bajado. Algúnos surcos y escaloncillos me obligaron a descabalgar y empujar la moto cuesta arriba, y no sin pasar algunos apuros y sudores conseguí plantarme en el camino bueno.

Tuve que desmontar la empalizada y volver a reconstruirla chapuceramente.




Más adelante me encontré al jinete que me había orientado antes, quien se mostró algo decepcionado por mi abandono. Después pasé a despedirme de los leñadores, que seguían tirados a la bartola en el mismo sitio donde los había dejado. Insistieron en que fuéramos a su casa a echar un trago (más) pero les dije que tenía prisa por llegar a Tblisi y que otra vez sería.

Ya por carretera tuve tiempo de darme un garbeo por Mtskheta para más tarde cruzarme Tblisi casi de punta a punta en busca de la única guesthouse que llevaba guardada en el gps. Por supuesto no quedaban habitaciones libres, así que saqué Laris en un cajero (también dispensaban dólares) y me busqué un hotel no muy caro en el extrarradio. En Tblisi por fin vi algunas motos modernas de gran cubicaje, aunque muy pocas, porque Georgia no es un país donde abunden los vehículos de dos ruedas. Para acabar, cené algo en el restaurante del hotel, masticando y escuchando a Modern Talking (versión '98, ojo) a un volumen parecido al de una mascletà valenciana. El concepto de resturante-discoteca les pirra.


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