Páginas vistas en total

jueves, 24 de septiembre de 2015

PRIMAVERA EN LOS PIRINEOS ATLÁNTICOS-DÍA 1

DÍA 1. PUENTE LA JACA-ESPINETE. 170 kms.

Considerable madrugón dominical para cargar las motos y equipajes. Calculo que sobre las 7.30 salíamos de Rexta, pero el toque de diana debió ser sobre las 5.

Imagen

300 kms y 4 horas después estábamos ya en un glamuroso aparcamiento en las primeras estribaciones del Prepirineo oscense.

Imagen

Dual estrenaba alforjas y se mostraba impaciente por someterlas a una exigente prueba de carga.

Imagen

Yo adopté una configuración más minimalista: bolsa delantera con dos cámaras de recambio, bolsa trasera con herramientas, y bolsa sobredepósito con la mínima ropa y calzado para pasar dos noches fuera de casa. Agradecer a Dual que me transportara una alpargata que ya no me cabía.

Imagen

Los inicios del viaje, a lo largo de la canal de Betún, fueron instrascendentes, rodando por cómodas rectas siempre paralelas a los Pirineos. Alguna sendita facilona nos animó el trayecto a la espera de accidentes geográficos más exigentes.

Imagen 
No fue hasta las proximidades de Salvasierra de Seca que tomamos rumbo norte y empezamos el ascenso por zonas montaraces y poco o nada transitadas salvo por unos pocos románticos.

Imagen
Alguna bajada también hubo, a través de sendas igualmente dejadas de la mano de Dios. Con un horizonte cada vez más accidentado, empezábamos a sentirnos poco a poco en nuestro hábitat convencional: cimas, valles, barrancos y bosques, cuanto más salvajes mejor.

Imagen

Inmediatamente después de Salvasierra volvimos a internarnos por desdibujados senderos, cuya dificultad radicaba exclusivamente en no perder la traza correcta por el bosque.

En realidad estábamos todavía en la España seca, pero muy cerca de un territorio de transición donde se intuía próximo el clima oceánico y sus humedades: bosques con abundantes pinos pero también con un lecho permanente de hojas marchitas de otros árboles del pasado otoño.

Imagen

Alcanzamos el primer pueblo navarro, Buitregal, y nos lanzamos cuesta arriba hacia el alto de San Periko, donde hayedos y pinares coexisten y donde volvimos a poner a prueba nuestra capacidad de orientación hasta culminar en el alto.


Imagen

El descenso por la ladera norte fue transcurrió inicialmente a la sombra de hayas y sobre el resbaladizo manto de la hojarasca acumulada.

Imagen

Dual se buscó una parcelita a mitad de bajada, y ya de paso, le dio un buen arrastrón a sus flamantes alforjas.

Imagen




En cualquier caso, no nos importó rebozarnos un tiempo entre hojas marchitas. La primavera aquí todavía andaba lejos de su esplendor pero el contraste de colores entre estaciones empezaba a notarse.

Imagen

Seguidamente, en un largo tramo de caminos aparentemente insulso, comenzó una animada fase vespertina que consumimos esquivando árboles caídos a lo largo de muchos kilómetros.

Imagen

Algunas barricadas las burlamos subiéndonos por los ribazos.

Imagen

Imagen

Otras veces buscábamos el hueco exacto y ajustado para pasar a la otra parte.

Imagen

Imagen

Imagen

Pero el slalom arbóreo acabó degenerando en un curso monográfico de micro tala para pringados.

Imagen

Serramos y sudamos lo que no está escrito. Dual juró allí que se iba a comprar un cuchillo apache o comanche en la primera ferretería que encontráramos. Mi serrucho chino no le satisfizo lo suficiente. Ojo con nuestro amigo, tiene mucho peligro con un arma en la mano.

Imagen

Así pasamos la tarde, como leñadores por accidente en la soledad del bosque, con la única compañía de unos cuantos caballos.

Imagen

El invierno había sido severo en cuanto a nevadas y el rastro de árboles caídos nos pasó factura.Llevamos a cabo al menos media docena de acciones silvícolas urgentes, y otras tantas veces tuvimos que encaramarnos por los taludes o trampear por la espesura del bosque a la desesperada. En fin, que llegamos a la gasolinera de Zorón, el ecuador del viaje, sedientos, hartos de serrar y con la ropa hecha jirones.

Salieron unos 90 kms hasta la gasolinera de Zorón, donde comprobamos que la GG200 gasta exactamente el doble que mi Husa 450, y eso sin entrar a valorar las generosas raciones de aceite de mezcla que Dual le echa a su moto. Yo creo que deberíamos llamarle Mr Ipone o Señor Fritanga. Y por las alforjas podríamos decir que su moto es un una GG200 Explorer, pero igualmente, por las emanaciones tóxicas que salen del escape podríamos bautizarla también como GG200 modelo Chernobyl.

Veníamos pensando en merendarnos uno de los proverbiales bocadillos de chistorra del hostal anexo a la gasolinera, pero siendo domingo por la tarde nos lo encontramos cerrado. Mientras repostábamos apareció por allí Antonio, el dueño del hostal, con quien departimos unos minutos acerca del estado de las pistas.

-Está el bosque que da pena. Ha nevado muchísimo este invierno y hay cientos de árboles caídos.
-Sí, nosotros desde Racas hemos tenido que cortar unas cuantas ramas para poder pasar. ¿No hay una brigada para despejar los caminos?
-¿Brigada? No, aquí cada uno limpia lo suyo, así que yo de vosotros si vais al norte tomaría la carretera.

Avisados quedamos, pero yo sabía que los kilómetros que nos quedaban por delante eran mucho más civilizados que los precedentes, de modo que no cambiaríamos el plan previsto. La única modificación relevante fue cambiar la sede de la merienda: Zacároz por Zorón, donde entre pinchos y cañitas reactivamos el riego cerebral y comprendimos que ni en nuestros mejores sueños alcanzaríamos el final de etapa previsto, Zualizondo. De todos modos, llegaríamos lo más al norte posible y una vez allí ya decidiríamos donde pernoctaríamos aquella noche.

Como predije, las pistas que nos condujeron primero a Jurrieta y luego a Orbatimeta estaban expeditas, gracias a que alguien se había tomado la molestia de despejarlas de troncos, de lo contrario aún estaríamos allí desbrozando el monte. Algún obstáculo encontramos, pero nada comparable a los del tramo de primera hora de la tarde. Más novedosos fueron los charcos y lodazales perennes; empezábamos a tomarle el pulso al ambiente atlántico.

Imagen

También permanentes son algunas manchas de hojas secas que ocultan un barrillo siempre traicionero.

Imagen

Pistas rápidas hasta Orbatimeta, sin perder tiempo, con luz siempre menguante y la incertidumbre de si superaríamos el collado Peloeder, donde a buen seguro nos tocaría luchar con la nieve.

Imagen

El ascenso entre hayas cubiertos de musgo, estratos de hojas secas y numerosas regatas fue un trayecto de lo más relajante, que duró exactamente hasta el preciso momento en que las manchas de nieve empezaron a ser más extensas y profundas.

Imagen

Fue entonces cuando comenzó el festival de acelerones y empujones sobre nieve.

Imagen

Aún nos quedaba un buen trecho hasta culminar el puerto y la cantidad de nieve iba in crescendo. Sólo podíamos confiar en que la diferente orientación de la pista en el último kilómetro propiciara la desaparición de los ventisqueros, si no nuestro esfuerzo sería en vano.

Hubo suerte.... hasta que llegamos a la cota 1300, donde un ventisquero inmenso nos cerró el paso definitivamente. Era para echarse a reír o para ponerse a jugar.

Imagen

Sólo unos "pocos" metros de nieve nos impedían conectar con la pista principal.

Imagen

Inevitablemente surgió el debate.

-Veamos, Macarrón, esto no hay quien lo supere si no es con crampones.
-Pues yo creo que si empujamos las motos a media ladera unos 100 metros podremos bordear con éxito el nevero.
-Mira, yo me voy a buscar una vía alternativa un poco más abajo, creo que se puede subir por esa colina.
-Pero si tienes otra barrera gigantesca de nieve esperándote un poco más arriba. No lo conseguirás.
-Pues tu idea es igualmente descabellada. Mira que si se nos escapan las motos montaña abajo, a ver quien las rescata luego, guapo.
-Ya que hemos llegado hasta aquí, por 100 metros de nada, nos arriesgamos. Venga, vamos, primero pasamos tu moto.
-Teniendo en cuenta que nos quedan 30 minutos escasos de luz y que estamos solos en el quinto pino y con un 1% de posibilidades de éxito, ¿por qué no dejamos los experimentos para una mejor ocasión, eh?

Dual, que abogaba por el uso del sentido común, probó su alternativa, sin éxito claro. Deespués estudiamos la mía, y tampoco tenía buena pinta precisamente. Fue durante este ir y venir por la zona que Dual encontró casualmente un paquete semienterrado en el barro. Sacó el cutter y se puso a inspeccionarlo.

Imagen

-Oye, que me he encontrado un paquete misterioso. Está bien forradito con cinta.
-Ábrelo a ver qué es. Seguro que es cocaína.
-Wow, tío, qué raro. Son cinco pastillas marrones. Esto parece, parece ........ no te lo vas a creer. Ahí va, ¡coge una!


Imagen

-Hey, qué bueno, chocolate suizo, nos vamos a poner moraos.

Anda que no nos reímos con el hallazgo. Debió perderlo algún peregrino a principio del invierno, quedó oculto y con el deshielo salió a la superficie. La anécdota nos subió algo la moral, porque no teníamos más opción que volver a descender otra vez aquella larga pista, llegar hasta Orbatumeta, pillar carretera y buscar alojamiento ya totalmente de noche. Telefoneé a unos cuantos hostales pero la búsqueda fue infructuosa. Bromeamos con que siempre nos quedaba la alternativa de dormir en el cajero automático de Aribe, que era donde estábamos sobre las 10 y media de la noche buscando cama, o ya puestos irnos a Pamplona, que tampoco estaba tan lejos. Al final hubo suerte y nos colamos en un alojamiento para peregrinos en Espinete, a unos pocos kms de distancia. Fin del primer día.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

SIBERIADA 2015

La ruta no empezó bien.

 

Mi idea este febrero era repetir exactamente el track de la excursión de Castelvispal, pero a sabiendas de que dispondría de menos luz, recorté un cacho y esta vez salí desde Portell de Morelia. Desde allí, directo a la rambla Incertidumbres. Esperaba que llevase agua pero no, sólo tuve que enfrentarme a sus piedras como melones:


Es un lugar ideal para disfrutar de las bondades del pds :lol: , como casi toda la excursión. Un día tengo que probar esta rambla en mojado, a ver qué tal.

Luego unas cuantas pistas y azagadores varios hasta cerca de la Iglesuela, momento en que empezó a nevar débilmente.



Frío, sol, nieve, vientecillo... lo anunciado.

Siguió otra senda boscosa de enlace hasta la rambla de las truchas siempre con la incógnita de si llevaría demasiada agua, pero no, se encontraba en estado óptimo para "navegar". Con la cantidad justa de nieve y charcos, buen agarre, temperatura moderada... a gozar. Hasta que sobrevino el resbalón, claro.


La temperatura del agua, más bien fresquita. Estar mojado de tronco y piernas me importó poco, lo peor fueron las manos (suerte que llevaba otros guantes de reserva) y sobre todo, los pies. En cuanto salí del riachuelo paré a vaciar las botas y a escurrir los calcetines, pero ya no había mucho que hacer. Paulatinamente empecé a notar los pies heladitos y con la tarde que me esperaba ya me despedí de recuperar la sensibilidad hasta la vuelta a casa.

Curiosamente este fue uno de los días que menos he pensado en si tenía frío o calor. Estuve tan concentrado en seguir adelante que, por sorprendente que parezca, me olvidé casi por completo de la temperatura.

Una vez salí de la rambla de las truchas me detuve para escurrir los calcetines y cambiarme los guantes. Camino de Cosmeruela las pìstas estaban totalmente nevadas

Imagen

y en cuanto salí a los páramos se desató un vendaval, el cielo se oscureció y súbitamente empezó a nevar. Inicialmente ni siquiera entré en el pueblo; me refugié en una ermita de la ventisca y allí me tomé un tiempo para reflexionar.




Mientras el portal de la ermita se iba llenando de nieve arrastrada por el viento sentía que la excursión acababa allí. Daban ganas de ir a buscar un bar, tomar algo caliente y volverme rapidito hacia casa, so pena de que el tiempo empeorase aún más. Pero decidí esperar unos minutos a ver qué podía salvar de la ruta. La primera decisión fue ir a la gasolinera para repostar y llenar el depósito a tope por lo que pudiera surgir todavía. En el ínterin el cielo se despejó brevemente y pensé que podía intentar llegar hasta el puerto de Linares a 1700m de altitud. Eran unos 15 kms conocidos y había que probarlos con nieve. Para empezar, algún azagador estrechito en llano y a continuación otros en subida:


La tracción no era mala del todo. Lo peor era no ver los agujeros y las aristas de los pedruscos ocultos por la nieve.

Unos minutos después se puso a nevar nuevamente, el tiempo estaba loco, pero a aquellas alturas nada me iba a impedir disfrutar de la experiencia.


Moto y piloto cada vez más blancos, y los pies congelados, sí, pero las manos todavía me respondían, así que, ¡adelante!

Una vez superé los azagadores en subida llegué a la meseta por dónde pistearía hacia el puerto de Linares. Sudado de empujar, el lío vino cuando para protegerme de la ventisca quise ponerme las gafas y comprobar que se empañaban al instante. Las de vista no cubrían lo suficiente y la nieve hacía mucho daño en los ojos, total que estuve prácticamente bloqueado unos minutos parando cada pocos metros a limpiarlas. Por suerte, la intensidad de la nevada cesó pronto y por fin pude relajarme un poco.

Imagen

Me quedaban unos 9 kilómetros por pistas planas entre sotos y páramos nevados sin mayor dificultad que la de distinguir el camino oculto por la nieve.


Suerte de llevar el gps, porque dudé muchas veces intuyendo el camino, y a menudo circulaba más bien sobre campos que no sobre las pistas. No me libré de algún patinazo a pesar de llevar un ritmo lento, aunque con un palmo escaso de nieve se podía rodar bastante más rápido, lo sé. A tener en cuenta las fuertes rachas de viento que levantaban remolinos de nieve y te zarandeaban inesperadamente. Mirad esta pista:

Imagen

A veces el horizonte se oscurecía y parecía que fuera a caer otra nevada; en otras ocasiones el sol volvía a abrirse paso tímidamente... Y así durante un buen rato estuve disfrutando de un ambiente algo fantasmagórico, dudando si ya era la hora de la retirada.

Un par de kilómetros antes de llegar al puerto (y a la carretera por donde pensaba volverme a casa) los gruesos de nieve empezaron a aumentar notablemente, hasta llegar a ese punto crítico en que la moto se queda clavada.

Imagen

Además, me esperaban unos conocidos e inmensos charcos de hielo que tuve que circunvalar malamente por unas estepas nevadas de dudosa ciclabilidad. El caso es que al final, empujando un poco puntualmente, lo conseguí. Y encima salió el sol.

Imagen

El regreso, por carretera. Poco antes de Villafranca  me pilló una nevada intensa, pero bueno, siendo asfalto y después del día que había pasado, no pasó de ser una anécdota. :lol: