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jueves, 3 de junio de 2010

MARRUECOS 2010. SEIS DÍAS POR EL SUR. DÍA 1.

DIA 1. 28 de marzo. M’Hamid – Merzouga. 300 kms. 

Después de un merecido descanso tras los 2000 kms de asfalto en coche, afrontábamos con un sol radiante el primer día de nuestros particulares ISDE por el sur de Marruecos. En primer lugar debíamos deshacer el equipaje y pertrechar las motos convenientemente. Enseguida compruebo con estupor que me he olvidado el collarín; teniendo en cuenta que había llegado hasta M’Hamid bastante tocado de las cervicales temí que este olvido me pasara factura a medio plazo. Busco las gafas y sólo encuentro las de reserva, las “titulares” parece que se quedaron en casa. Menudo comienzo. La temperatura ambiente es elevada, veraniega diría yo, así que nada de llevar chaqueta. Por supuesto no había considerado llevar la riñonera hasta allá abajo, así que no me quedaba más remedio que transportar todo el equipaje de mano (llaves, cámara de fotos, documentación, botella de agua, alimentos, etc) en las alforjas, lo cual resultaba bastante engorroso, pues son tan amplias que al final todos los objetos van a parar irremisiblemente al fondo, se mezclan con herramientas, ropa y bidones de gasolina y no hay manera de encontrar nada en ese cajón de-sastre. 
 

En la foto vemos a Amarok comentando la jugada con unos turistas españoles, los clientes más numerosos del hotel, amén de algunos portugueses. Todos llevaban 4x4s, los únicos turismos o motos eran los nuestros.

Salimos por asfalto camino de Tagounite con objeto de repostar en la única gasolinera decente de los contornos. Unos 25 kms de enlace y a partir de ese momento, 275 kms de arena, tierra y piedras hasta Merzouga. Curiosamente el primer tramo off road propiamente dicho fue húmedo, el vadeo del río Draa, con un cierto caudal en Tagounite; a partir de ese momento, pasamos de lleno a sumergirnos en lo árido, empalmando pistas rectas y pedregosas. Y también curiosamente, enseguida nos encontramos con un control militar, donde un oficial nos invitó a volver sobre nuestros pasos o cambiar de rumbo, pues no pensaba dejar que nos aproximáramos ni un cm más a la frontera con Argelia.

En primer término la moto de Richy, una KTM adventure 640 con depósito de 22 litros o más. El terreno, despejado, con una pista amplísima que permite en muchos tramos la circulación en paralelo, de este modo puedes evitar tragar el polvo de la moto que te precede. Otra técnica para evitar la asfixia consistía en dejar que tu compañero se escapara unos centenares de metros, aprovechando que la visibilidad en aquellas circunstancias era magnífica y no corrías riesgo de extraviarte.


Con tranquilidad iba dejando que Amarok y Richy iniciaran la marcha; su estela de polvo me serviría de guía.


Rectas y más rectas. Afortunadamente, tras muchas decenas de kms de aburrimiento, tenías que cruzar algún breve collado, con unas pocas curvas cuesta arriba:




Cuando coronabas el puertecillo podías contemplar lo que te esperaba al otro lado: planicies y más planicies, ocres, marrones, pardas o blanquecinas. Cuando algún árbol frondoso se cruzaba en nuestra ruta, no dudábamos en dirigir nuestro rumbo hacia él para cobijarnos bajo su sombra:



El calor era agobiante, sudabas mucho, pero la sequedad del ambiente provocaba una evaporación casi inmediata. Mi provisión de agua disminuía. Francamente, no esperaba tanto calor en el mes de marzo, en esto pequé de ingenuo. Aquella sombra era una bendición.


Por otro lado, el rendimiento de los motores disminuía con las altas temperaturas. La KTM iba más sobrada sin duda, pero en un motor 400 y aunque fuera en pistas rectas y sin pendiente, yo echaba en falta algo más de potencia. Para rematar la jugada, el viento nos dio todo el día de cola, o sea que los propulsores refrigeraban deficientemente por activa y por pasiva.
Sobre el km 100 la primera avería del viaje. Un reten de horquilla de la DRZ de Amarok rezuma aceite y acaba por empapar las pastillas del freno delantero. La solución pasa por improvisar un torniquete confeccionado a base de papel higiénico. La ñapa resistiría los 6 días.


Reanudamos el viaje inmersos en la misma tónica general de rectas y llanuras. Estábamos en plena hamada, ese tipo de desierto más pedregoso que arenoso. En el kilómetro 200 y pico, calculo, nos detuvimos para retratar a unos dromedarios que descansaban por las inmediaciones.



Por aquel entonces yo ya llevaba rato dándole vueltas en la cabeza a mi retirada. Las pistas me parecían un aburrimiento supremo, el calor era agobiante, y las perspectivas de cambio, nulas. No me veía cinco días más repitiendo el mismo tipo de ruta monótona cruzando el desierto en todas las direcciones posibles para encontrarme lo mismo: el vacío. Pero bueno, de momento no cabía otra posibilidad que llegar a Merzouga, donde haríamos noche. Por otro lado, me veía incapaz de orientarme yo solo en aquellas vastedades, así que debía seguir los dictados de nuestro líder:


Por suerte, llegamos enseguida a la primera zona de dunas, lo cual supuso al menos una variación en el paisaje. Esta de la foto estaba a pie de pista y ofrecía una pendiente ideal para coronarla:


Hay que dar gas fuerte desde abajo y estar muy atento por si inesperadamente la moto empieza a hundirse de alante o de detrás o de las dos ruedas a la vez. La consistencia de la arena es muy variable y si no reacsionas a tiempo dando gas a mansalva, te atascas. Hace falta potencia de la buena y ser hábil. Con una moto de 400 y motor muy caliente las cosas se complican, pues estás abusando del gas permanentemente. Es fácil escuchar cómo la biela pica mientras aceleras fuerte para escapar de la arena que te engulle. Si te atascas e insistes dando gas, te entierras y la cafetera se cierne sobre ti en cuestión de pocos segundos. Yo llevaba el MoCool mezclado con el anticongelante y no tuve ningún problema, pero la Suzy de Amarok se mostró mucho más sensible a los excesos en las dunas. Para triturar motores, este es un terreno ideal.

La ruta diseñada nos llevaba a internarnos en un pequeño mar de dunas de un par de metros de altura nada más, pero al poco rato de meternos en faena la moto de Amarok hizo un amago de cafetera, prácticamente sin haber forzado la máquina. Ante este panorama y puesto que desconocíamos la extensión del arenal, dimos la vuelta y buscamos una pista más marcada.
Cerca de Tafroute nos encontramos de golpe y porrazo con una pista arenosa de propiedades singulares. Más que sobre arena, el camino discurre sobre polvos de talco de color gris. Aquí las motos son engullidas instantáneamente por el terreno, la moto no tira y la rueda delantera se va a un lado y a otro enloquecida, al mismo tiempo que se levanta un hongo nuclear de polvo volatilizado.


Aquí Richy se atascó seriamente, y creo que se atizó el primer porrazo de los que le esperaban en terrenos similares.


A mí la zona (después de más de 200 kms de aburridísima hamada toda recta) me pareció el paraíso y pedí tiempo para jugar un ratito.

Haciendo el indio me quedé frenado en seco entre dos roderas y me di un golpe fuerte en una muñeca. Afortunadamente no tuvo mayor trascendencia, pero fue un aviso para que me tomara las cosas con más calma estando tan lejos de casa.


Seguimos marcha rumbo a El Remlia y en un momento dado me encuentro tirado en el camino una camiseta sospechosamente similar a una que suele llevar Amarok. La recojo y continúo hasta que un km más adelante veo que Amarok y Richy están parados a un lado de la pista inspeccionando la DRZ:


En efecto, una de las alforjas adquiridas en el Cash Converter por 20 euros ha dicho basta y Juan ha ido perdiendo su equipaje a través del agujero que se ve en la foto. Retrocedemos un par de kms a ver qué podemos recuperar del naufragio pero recuperamos poca cosa. De todos modos las pérdidas fueron cosa de poca monta, alguna camiseta y crema para el sol.
La luz comenzaba a escasear con la llegada del atardecer, así que reanudamos la marcha hacia Merzouga, en este caso sobre pista de arena blandita y confortable, no en vano nos aproximábamos al Erg Chebbi, una de las más famosas zonas de dunas de Marruecos.


Una vez en Merzouga nos dirigimos al Hotel Le Touareg, y una vez reservada la habitación, aprovechamos los últimos rayos de luz para ir a buscar combustible a la "gasolinera" del pueblo. La gasolina es de bidón, y para medir los litros utilizan un bidón de 5 litros y una botella de Ricard de 2 litros para precisar un poco más.



En la foto, sobre el asiento de mi moto se puden contemplar mis dos depósitos auxiliares: un par de bidones de anticongelante de unos 2,5 litros cada uno. Los transportaba en las alforjas, y con la gasolina que llevaba en el tanque principal (unos 14,5 litros) conseguía una autonomía de 300 kms, suficiente para una jornada estándard de pisteo. Y desde la gasolinera, caminito al hotel y a su piscina, donde nos dimos un bañito tonificante, cena y sobre.

sábado, 10 de abril de 2010

MARRUECOS 2010. SEIS DÍAS POR EL SUR. PRÓLOGO.

PRÓLOGO. 26-03-2010
El viernes 26 de marzo salí con coche, remolque y moto desde Tortosa camino de Algeciras; por delante unos 950 kms en solitario hasta encontrarme con Amarok y Richy en la terminal de embarque a las doce de la noche. Este trayecto inicial lo afronté con bastante margen de tiempo, sin prisas, regulando fuerzas a la espera de la siguiente etapa maratón por carreteras marroquíes, famosas por su irregular estado así como por la poca seriedad de sus usuarios al volante. Llegué con una hora de adelanto a Algeciras, así que me tocó esperar hasta la medianoche, cuando aparecieron mis compañeros gallegos que venían desde Vigo. Una vez hechas las presentaciones de rigor en el muelle (Richy y yo no nos conocíamos más que vía mail), embarcamos los dos coches con sus respectivos remolques y motos. La arribada a Ceuta se demoró hasta más allá de la una de la madrugada; cansados del viaje cruzando buena parte de España, y sin dirhams en los bolsillos, decidimos pernoctar dentro de los coches en una explanada a la orilla del Mediterráneo en las proximidades de la aduana. El objetivo era no perder tiempo por la mañana: con el alba salir raudos hacia la frontera, cambiar moneda, soportar estoicamente el lento papeleo de los agentes de aduanas marroquíes y carretera y manta hacia Tagounite, al sur del país y a las puertas del Sahara.
Pasando por Tánger, Rabat y Casablanca, hasta Marrakech restaban unos 750 kms de buena autopista; después conduciríamos unos 200 kms por una carretera nacional hasta Ouarzazate, y los últimos 150 kms hacia Zagora y Tagounite discurrirían por carreteras menos importantes.
Lo peor de la ruta fue el larguísimo puerto de Tizzi-n-Tichka, justo tras abandonar la autopista en Marrakech. Este collado sube hasta los 2260 metros de altura cruzando la cordillera del Atlas, y el tráfico de camiones ralentiza la velocidad hasta la desesperación. Las rampas son suaves, pero el trazado es muy sinuoso e irregular, con estrechamientos de la calzada que te obligan a veces a detenerte en algunas curvas pronunciadas para que pasen dos vehículos que se cruzan.
Al final, imitando a los conductores locales, acababas adelantando en tramos de dudosa visibilidad con tal de superar al camión de turno. En el descenso, más de lo mismo: camiones lentísimos cargados hasta los topes tirando de frenos bajando a menos de 10 km/h. El puerto es exótico de veras: no hay gasolineras en unos 150 kms, la gente adelanta en plena curva, apenas hay poblaciones, los barrancos son de vértigo, y en la zona más elevada los vendedores de fósiles y pedruscos copan las cunetas. El avance es penoso, pero no aburrido.
Esta travesía del Atlas nos hizo perder mucho más tiempo de lo esperado, de manera que llegamos reventados a Tagounite pasadas las 12 de la madrugada. Para colmo de males, el hotel donde teníamos pensado alojarnos estaba cerrado, así que anduvimos otros 25 kms en dirección sur hasta M’Hamid, donde en el hotel Tabarkat tuvieron la gentileza de acogernos a aquellas intempestivas horas. Este hotel sería nuestro campo base durante los próximos seis días. Desde aquí realizaríamos excursiones hacia Merzouga y las dunas del Erg Chebbi, al noreste, o Foum Z´Guid, al oeste; seguiríamos el cauce seco del Draa y rodaríamos a través del extensísimo lago Iriki.