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jueves, 6 de octubre de 2016

BALCANES 2016. DÍA 16. ASPROVALTA-KAVALA. 95 km

DÍA 16. ASPROVALTA-KAVALA. 95 km

Si somos rigurosos con la cronología, la decimosexta jornada comenzó pasada la medianoche en las terrazas del paseo marítimo de Asprovalta.

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Conocí a Saki, un empresario local. Estuvimos cenando y debatiendo sobre el apocalipsis que nos espera, luego salimos por ahí e inevitablemente la noche se nos fue de las manos. A la mañana siguiente, poco antes de las 12, vinieron a echarme del apartamento donde me alojaba, y con las pocas fuerzas que me quedaban, bajo un sol abrasador, llegué hasta una playa desierta y me eché debajo de un olivo a dormir.

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A las cuatro de la tarde ya estaba más católico y reemprendí la marcha siguiendo siempre la línea costera, casi siempre por carretera, con alguna incursión por pista cuando más accidentado era el relieve.

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El sol abrasaba, la ropa ardía y el casco me oprimía el cráneo con saña. Un nuevo receso playero se imponía para bajar la temperatura y despejarme definitivamente.

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Más fresco, seguí rumbo este hacia Kavala o tal vez Keramoiti. En alguna de esas ciudades tenía previsto tomar un barco hacia la isla de Thassos, pero dado lo informal de la jornada, ignoraba donde embarcaría. La consigna de momento era avanzar y disfrutar de la escarpada geografía que puntualmente se intercalaba entre zonas playeras saturadas de veraneantes.

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Andaba yo desprecoupado disfrutando del primer airecillo fresco de la tarde cuando sucedió lo imprevisto. En una zona interurbana entre urbanizaciones circulábamos en trenecito varios vehículos cuando, tras salir de un semáforo, la cola de coches se detuvo súbitamente. Yo creo que iba cantando Wrecking Ball de Miley Cyrus y mirando a mi derecha por un segundo cuando me di cuenta de la retención. Aunque tiré de frenos y me escoré a la izquierda para esquivar el coche que me precedía, el impacto fue inevitable. ¡Toma Wrecking Ball!

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Pasé del éxtasis al anticlímax en una fracción de segundo. El manillar y mi mano derecha chocaron con el portón trasero del VW con tan mala suerte que no me hice ni un rasguño, pero me rompí el radio y el cúbito. De la cola de coches que se montó tras el incidente, enseguida apareció Emanuel, afionado a las motos, que se encargó de buscarme párking para la Suzuki en un chalet vecino, donde vivía Dimitra, una anciana que inmediatamente me sacó una butaca a la calle y también bebida mientras llegaban las asistencias.

El brazo no tenía mala pinta, solo un bulto por encima de la muñeca, y el dolor inicial fue remitiendo. Luego la chica policía que vino a tomarme declaración me montó una buena comedia: se puso my nerviosa y me amenazó con no dejarme salir del país si se me ocurría pedir daños y perjuicios a la otra parte implicada. El poli bueno se limitó a hacerme la prueba de la alcoholemia y a darme conversación sobre motos y la locura que implican. Posteriormente la ambulancia me llevó al hospital de Kavala, que estaba a sólo 7 kms de distancia, donde pasaría los siguientes tres días practicando el turismo sanitario.

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Prácticamente fue llegar, radiografiarme, presentarme a mis compañeros de habitación, anestesiarme y operarme esa misma noche. Sin esperas, sólo fírmame aquí unos papeles, unos paseos en silla de ruedas, y de vuelta a la habitación medio atontado con el brazo relleno de tornillos, grapas y demás metales. De los bares nocturnos de Asprovalta a la mesa del quirófano de Kavala en unas pocas horas; puedo afirmar con justificada rotundidad que aquel fue un viernes más bien intenso.

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El sábado, más sereno y hecho un fakir, tomé plena conciencia de mi situación. De los tres enfermos que compartíamos habitación yo era el que mejor estado presentaba, así que por comparación, debía darme por afortunado. Además, los familiares de mis compañeros me echaron una mano sin ni siquiera pedírselo yo siempre que venían de visita. Otro motivo de ánimo eran las magníficas vistas al Egeo y a la isla de Thassos desde mi ventana, pero siempre con la añoranza de pensar que dicha isla, en mis planes, la había concebido como el ecuador del viaje y punto desde el cual iniciaría el regreso a casa siempre mirando hacia occidente.

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Si añadimos que el hospital era de flamante construcción y que el personal que me atendió destacaba sobremanera por su profesionalidad podríamos pensar que no podía haberme accidentado en mejor localización, claro, pero también había algunas pegas. Que mi compañero más enfermo delirara sin parar a todas horas o que el 50% de la dieta del hospital consistiera en hogazas de pan, la verdad, no me importaba mucho. Tampoco era especialmente relevante que Maggi, mi otro colega de penurias, controlara con mano férrea el mando del aire acondicionado para que apenas se pusiera en marcha en una región notable por sus elevadas temperaturas estivales. Con lo bondadosos que habían sido todos conmigo, ¿qué podía objetar yo ante estas cosillas?

El principal problema para la convivencia fue que Maggi también detentaba el poder sobre el mando de su TV, y allí veíamos Cine de barrio en griego, la misa en griego, el Sálvame griego, etcétera, todo ello aderezado con música folklórica a tutiplén, a buen volumen, y puede decirse que 24 h sin parar. El sábado se me hizo largo, pues.

El domingo a mediodía vinieron a verme unos amigos que casualmente estaban veraneando por la provincia y gracias a ellos salí momentáneamente de mi aburrida condición de enfermo solitario. Por la tarde llegó el subidón cuando mi traumatólogo me dio licencia para marcharme; buah, no tenía ganas de pasar allí ni un día más. En el fondo, me dio pena despedirme de mis compañeros de penurias. Ellos estaban acompañados por su familia al menos, sí, pero en un estado de salud bastante penoso. Pobres.

Vestido de calle y con la maleta en la mano estaba aclarando algunos detalles con las encargadas de planta sobre el papeleo pendiente cuando se presentó una traumatóloga despampanante con un modelito médico fucsia rabioso:

¿Adónde vas ahora, Ignatios? ¿Dónde vas a pasar la noche? Aunque tengas el alta, no te vayas. Te daremos la cena y puedes quedarte a dormir también.

Ironías del destino: seductora y exótica mujer me invita a cenar y además pone la cama, e incomprensiblemente, yo me deshago en excusas para rechazar su propuesta. Si no conociéramos convenientemente el contexto habría que pensar que me había vuelto definitivamente majareta a causa del traumatismo o la anestesia .

Me busqué un hotel en Kavala y en cuanto me instalé salí corriendo a la calle a merendar-cenar comida y bebida de verdad. Pocas veces he valorado más mi libertad y autonomía. Estaba dolorido y maltrecho sí, pero con capacidad de hacer lo que me viniera en ganaaaaaaaaaaa. Me rompo un brazo de la manera más leve posible y ya me pongo medio histérico; si me llego a lesionar más gravemente no sé qué habría sido de mí. Está visto que no aguanto nada.

Pasé el lunes haciendo gestiones telefónicas para gestionar mi repatriación y la de la moto (la noticia de que también debían repatriarme el coche se la di a la aseguradora un par de días después, no fuera que les diese un síncope con tanto jaleo). El martes de madrugada ya estaba camino de casa con buen ánimo y sin apenas dolor. Desde el viernes por la tarde hasta el martes a mediodía cuando aterrizaba en Barcelona la secuencia de eventos había sido incesante. Inesperadamente, el accidente, la operación y la estancia en el hospital forman parte de la aventura que había comenzado 20 días antes, pero, francamente, no me arrepiento de nada: aunque las cosas salieron de manera muy diferente a lo previsto, la experiencia mereció la pena en todos los sentidos. De hecho, la valoro tanto que lejos de minar mi moral, ya estoy pensando en organizar el retorno para continuar lo que dejé a medias.

Respecto al brazo, fueron 45 aburridos días de vendaje y escayola. Ahora ya llevo 15 días con el brazo liberado y moviendo la mano cada vez más, aunque falta un tiempo para recuperarme del todo.

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Mientras tanto me salió un comprador para la Husaberg y hasta me di una vuelta con ella por el garaje antes de deshacerme de la sueca para siempre, no todo iban a ser malas noticias. FIN


BALCANES 2016. DÍA 15-SALÓNICA-ASPROVALTA. 170 KM

DÍA 15-SALÓNICA-ASPROVALTA. 170 KM

Segunda jornada cruzando Macedonia central, esta vez sin vías rápidas, al contrario: tracé un arco hacia el norte precisamente para evitar líneas rectas y zonas llanas.

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Aún así no me libré de abrirme paso entre extensos trigales

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zonas pantanosas de aguas infectas

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y tierras bajas donde, como siempre, la tuve con los canes.

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Con los caballos me llevo francamente mejor.

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Hierbas rubias por doquier y la temperatura subiendo cada hora. Para cuando llegué a Nigrita sentí la necesidad imperiosa de hidratarme, y nada más reparador y gratificante que una lager y después unos polos en una nada glamourosa terraza.

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Presentía que el Egeo andaba cerca, pero lejos de verlo, cada vez me internaba más entre las montañas, esta vez por pistas dignas del WRC, con sus pros (avance rápido sobre superficie perfecta) y contras (sepultado vivo por el polvo en caso de cruce con coches que, igual que yo, le iban dando zapatilla).

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Convertido en croqueta, la urgencia de llegar al mar se hizo más intensa, y por fortuna, no tardé mucho en vislumbrar la costa de Asprovalta en lontananza.

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Tras 15 días subiendo y bajando montañas tierra adentro, el placer de zambullirme al final de aquella tarde en el Egeo casi justificaba todo el viaje.

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En fin, qué mejor que el solaz en la playita mientras se alargaban las sombras esperando que cayese la noche para ir a tomar algo por ahí.

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BALCANES 2016. DÍA 14. SIATISTA-TESALÓNIKA. 220K

DÍA 14. SIATISTA-TESALÓNIKA. 220K

Pensaba atravesar Macedonia central del tirón en una etapa predominantemente llana de más de 350 km pero, francamente, si no existía ninguna urgencia, ¿para qué iba a presionarme con ese frenesí?

El plan lo había trazado a lo largo de vías rápidas, como la vía del tren


o la vía de servicio de la autopista. Más recto, imposible.

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Lo del tren tuvo su gracia un rato,

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luego se hizo cansino,

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y al final la cosa se lió más de la cuenta.

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Me metí en un cul-de-sac entre acequias, naranjos y cañaverales y por no retroceder me tocó cruzar las vías de mala manera. Suerte que no venía un mercancías en ese momento, porque estuve muy torpe en la maniobra.


Otras atracciones del día fueron un agradable sendero cercano a Xerolivado

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y los ruinosos puentes sobre el río Axio. Este, aunque maltrecho, aún resistía medio en pie.

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Este otro, muy cercano, había corrido suerte muy distinta

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a pesar de estar protegido por una torre bunkerizada.

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Las últimas decenas de kilómetros hasta Tesalónika discurrieron por terreno llano entre fincas agrícolas y ya no hubo mucha más historia que ir a darme un garbeo al atardecer por la ciudad

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hasta acabar la noche en el bar de la resaca del bagabundo , nada más apropiado.

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lunes, 26 de septiembre de 2016

BALCANES 2016. DÍA 13. MÉTSOVO-SIATISTA. 200k

DÍA 13. MÉTSOVO-SIATISTA. 200k

El viaje se iba desfasando, con finales anticipados, recorridos imprevistos y un relativamente confortable desconcierto donde no importaba demasiado haber avanzado más o menos al finalizar el día. En este contexto, dediqué parte de la 13ª jornada a "reparar" el final de la 11ª: me daba rabia no haber completado decentemente la etapa Kastoriá-Métsovo y durante aquella mañana buscaría un enlace para conectar el track cortado.

El río Arkovdorema, en alguna de sus crecidas, había arrasado con todo. Sobre este lecho debió pasar una pista en su momento.

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Tuve que insistir entre grandes piedras, troncos arrastrados y bosque sucio durante unos 500 metros que se hicieron muy lentos

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hasta conseguir finalmente enlazar los extremos del recorrido.

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No fue tan difícil, podría haberlo conseguido aquella tarde dos días antes en que llegué al lugar de los hechos escaso de gasolina y acongojado, pero entonces los nervios me pudieron.

Feliz con el desenlace de la ruta matutina, volví por donde había venido esquivando nuevas jaurías de perros pastores e inicié la sección del viaje que me llevaría a cruzar buena parte de la Grecia continental de oeste a este.

Pero no había urgencia alguna en llegar al este, hoy sería jornada festiva en la vega del río Venetikos.

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Inintencionadamente me salió un agradecido circuito de puentes y vadeos. Con lo que apretaba el lorenzo los remojones fueron una bendición.

El clímax llegó a mediodía en el esbelto puente de Aziz Aga,

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donde pensé que sería una buena idea hacer una pausa e irme de shopping a la vecina Grevená. Había perdido las gafas y también una rodillera y ya era de poner arreglo a la situación. En la ciudad pedí ayuda a un motorista, luego llegó otro y me condujeron a un concesionario Honda exclusivamente de offroad. La tienda estaba cerrada pero al rato llegó el propietario, Vasileios S, habitual del WEC, con varios tipos de rodilleras y solucionamos el problema. Me estuvo preguntando por la geografía de Navarra, pues pensaba participar en los próximos ISDE a final de temporada. Ya de paso me enseñó su vastísima colección de trofeos y también la fábrica familiar de quesos. Menos mal que no hubo degustación, porque no soy nada quesero yo. La gente que encontré en Grevená se portó muy bien conmigo, y es una apreciación que debo extender a toda Grecia, donde estuve siempre como en mi propia casa.

Por la tarde, a probar el nuevo equipo en otros rincones del Venetikos,

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con mención especial al puente de Portitsa, construído estratégicamente justo al inicio de un estrechísimo congosto.

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Una vez saturado de ríos y puentes (hubo algunos más, como el de Kagelia)

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me acerqué hasta Trikomo para celebrar con un trago de FIX la exitosa jornada de compras y juegos acuáticos.

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Saciada la sed de juegos y refrescos, sólo tuve que cubrir unas millas más hacia el este mientras atardecía; para variar, con la habitual compañía.

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Para cuando llegué a Siatista al anochecer, los pies parecían los de una momia en salmuera, claro.

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sábado, 17 de septiembre de 2016

BALCANES 2016. DÍA 12. MÉTSOVO-MONTAÑAS PERISTERI-MÉTSOVO. 190K

DÍA 12. MÉTSOVO-MONTAÑAS PERISTERI-MÉTSOVO. 190K

Jornada light. Light en el sentido de que inicio y final coincidían y no era necesario llevarme detrás el maletón con el grueso de mis pertenencias. Te quitas unos kilos de encima y la moto parece algo más ligera, sobre todo pisa mejor de alante.

Como llegué de noche no vi nada del pueblo. Esto es Métsovo, desperdigado por una colina:

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Pero lo que realmente centraba mi interés aquel día estaba algo más al sur: las montañas Peristeri,

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mucho más accidentadas y profundas.

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El acceso que me busqué, desde Chaliki, además de transcurrir por un paisaje magnífico, no estuvo falto de sorpresas.

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Son valles y mesetas que ofrecen abundantes pastos en verano, y consecuentemente proliferan los rebaños de ovejas, todos ellos con su correspondiente jauría de perros pastores, notables por su agresividad y ganas furibundas de salir al ataque ante cualquier extraño. Da igual que no te cruces en su camino ni que el rebaño esté lejos: en cuanto te detecten subirán y bajarán enloquecidos por las laderas hasta plantarse frente a ti para rodearte y acosarte enfebrecidos. En el Cáucaso me las había visto con canes más feos y mucho más grandes en situaciones similares, pero aquí los rebaños eran más frecuentes y los canes más insistentes. Hay que pararse, dejar que se acerquen un poco a ti y esperar a que se cansen de ladrar y se alejen poco a poco; si arrancas y vuelven, repítase el proceso. Si el amo anda cerca, confiar en que los reconduzca a pedradas y gritos, pero aún así no hacen ni caso, menudas bestias. Acelerar para esquivarlos y zafarte de ellos es descabellado si no tienes una larga recta por delante, porque suelen ser cinco o seis y alguno se te puede meter entre las ruedas y entonces sí que tienes el lío armado.

Uno de los pastores, en una de aquellas pausas para calmar a las fieras, me explicó que iba a encontrarme con dificultades si seguía subiendo. Entendí que había alguna clase de bloqueo más arriba, y así fue. Muy cerca del collado definitivo, a 2100m de altura, me encontré en medio de la pista con dos montículos consecutivos de tierra y piedras que, a modo de barricada, impedían progresar. Debían estar pensadas para coches, claro, porque para una moto aquello no era más que un divertido dubbie gigante.


Una vez arriba el plan consistía en dar un gran vuelta entre picachos y barrancazos pasando por Sirrako y Kalarites. Siempre por pistas en buen estado, el avance habría sido de lo más placentero y veloz, pero no contaba con los numerosos rebaños de ovejas y sus implacables vigilantes.

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Acabé harto de los perros, y como no era imprescindible completar en su totalidad todo el circuito que había planeado, lo abandoné cuando llegué a Kalarites.

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Vislumbré en el valle el río Kalarritikos y me faltó tiempo para ir a darme una reparadora sesión de spa fluvial en solitaria ribera.

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El único inconveniente de estas placenteras sesiones de masaje natural es el inevitable momento de enfundarse la armadura de nuevo. Además aquí el sol abrasa, si no te cobijas bajo una buena sombra dáte por frito.

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Desde allí cerca podía contemplarse la inconfundible silueta del Strogoula,

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una de las cimas más notables de las montañas Tzoumerka. Justo detrás estaba el imponente puerto que crucé con nieve una tarde de tormenta del mes de Julio dos años antes,

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 y el vertiginoso puente otomano sobre el río Araktos en Plaka,

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el cual ya no existe, pues desgraciadamente se lo llevó la riada de febrero 2015.

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Creo que tendré que volver a Tzoumerka. No quise que coincidieran los recorridos nuevo y antiguo, pero me da la sensación de que me estoy perdiendo algo muy bueno por el medio.

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En fin, volvía nostálgico a Métsovo reviviendo las emociones del pasado, cuando un retirado monasterio llamó mi atención.

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Como siempre por aquí, hallé la puerta abierta y ni un alma en su interior ni en los contornos. Esta combinación de santos y marcianos me encanta.

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Fin del día 12.