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sábado, 17 de septiembre de 2016

BALCANES 2016. DÍA 12. MÉTSOVO-MONTAÑAS PERISTERI-MÉTSOVO. 190K

DÍA 12. MÉTSOVO-MONTAÑAS PERISTERI-MÉTSOVO. 190K

Jornada light. Light en el sentido de que inicio y final coincidían y no era necesario llevarme detrás el maletón con el grueso de mis pertenencias. Te quitas unos kilos de encima y la moto parece algo más ligera, sobre todo pisa mejor de alante.

Como llegué de noche no vi nada del pueblo. Esto es Métsovo, desperdigado por una colina:


Pero lo que realmente centraba mi interés aquel día estaba algo más al sur: las montañas Peristeri,


mucho más accidentadas y profundas.



El acceso que me busqué, desde Chaliki, además de transcurrir por un paisaje magnífico, no estuvo falto de sorpresas.


Son valles y mesetas que ofrecen abundantes pastos en verano, y consecuentemente proliferan los rebaños de ovejas, todos ellos con su correspondiente jauría de perros pastores, notables por su agresividad y ganas furibundas de salir al ataque ante cualquier extraño. Da igual que no te cruces en su camino ni que el rebaño esté lejos: en cuanto te detecten subirán y bajarán enloquecidos por las laderas hasta plantarse frente a ti para rodearte y acosarte enfebrecidos. En el Cáucaso me las había visto con canes más feos y mucho más grandes en situaciones similares, pero aquí los rebaños eran más frecuentes y los canes más insistentes. Hay que pararse, dejar que se acerquen un poco a ti y esperar a que se cansen de ladrar y se alejen poco a poco; si arrancas y vuelven, repítase el proceso. Si el amo anda cerca, confiar en que los reconduzca a pedradas y gritos, pero aún así no hacen ni caso, menudas bestias. Acelerar para esquivarlos y zafarte de ellos es descabellado si no tienes una larga recta por delante, porque suelen ser cinco o seis y alguno se te puede meter entre las ruedas y entonces sí que tienes el lío armado.

Uno de los pastores, en una de aquellas pausas para calmar a las fieras, me explicó que iba a encontrarme con dificultades si seguía subiendo. Entendí que había alguna clase de bloqueo más arriba, y así fue. Muy cerca del collado definitivo, a 2100m de altura, me encontré en medio de la pista con dos montículos consecutivos de tierra y piedras que, a modo de barricada, impedían progresar. Debían estar pensadas para coches, claro, porque para una moto aquello no era más que un divertido dubbie gigante.


Una vez arriba el plan consistía en dar un gran vuelta entre picachos y barrancazos pasando por Sirrako y Kalarites. Siempre por pistas en buen estado, el avance habría sido de lo más placentero y veloz, pero no contaba con los numerosos rebaños de ovejas y sus implacables vigilantes.



Acabé harto de los perros, y como no era imprescindible completar en su totalidad todo el circuito que había planeado, lo abandoné cuando llegué a Kalarites.

Vislumbré en el valle el río Kalarritikos y me faltó tiempo para ir a darme una reparadora sesión de spa fluvial en solitaria ribera.



El único inconveniente de estas placenteras sesiones de masaje natural es el inevitable momento de enfundarse la armadura de nuevo. Además aquí el sol abrasa, si no te cobijas bajo una buena sombra dáte por frito.


Desde allí cerca podía contemplarse la inconfundible silueta del Strogoula,



una de las cimas más notables de las montañas Tzoumerka. Justo detrás estaba el imponente puerto que crucé con nieve una tarde de tormenta del mes de Julio dos años antes,


y el vertiginoso puente otomano sobre el río Araktos en Plaka,


el cual ya no existe, pues desgraciadamente se lo llevó la riada de febrero 2015.


Creo que tendré que volver a Tzoumerka. No quise que coincidieran los recorridos nuevo y antiguo, pero me da la sensación de que me estoy perdiendo algo muy bueno por el medio.


En fin, volvía nostálgico a Métsovo reviviendo las emociones del pasado, cuando un retirado monasterio llamó mi atención.


Como siempre por aquí, hallé la puerta abierta y ni un alma en su interior ni en los contornos. Esta combinación de santos y marcianos me encanta.

Fin del día 12.

martes, 9 de diciembre de 2014

25 DÍAS EN LOS BALCANES. DÍA 12. PREVEZA-THEODORIANA. 175 kms

PREVEZA-THEODORIANA. 175 kms

El descanso de la insustancial etapa anterior me vino de perlas para afrontar nuevas emociones en las montañas Tzoumerka. El trayecto desde Preveza hasta más allá de Theodoriana fue básicamente offroad y en pocas horas pasé del calor asfixiante de la costa a la nieve y las tormentas en las cumbres. Las imponentes montañas de la región de Épiro no decepcionaron en ningún momento.


Algunas señales situadas estratégicamente junto al camino parecían querer asustar a los forasteros, pero no me arredré.



Seguí y disfruté de un sube y baja contínuo amenizado con algunos riachuelos,


chubascos débiles y también una breve granizada. Por suerte siempre encontraba algún ermitorio abierto donde refugiarme.




Podías entrar hasta la cocina y ver qué comía y fumaba el sacristán. Mientras tanto el paisaje se volvía más alpino.



A mediodía alcancé uno de los hitos que me habia marcado: el fabuloso puente sobre el río Arachtos en Plaka.

 



*El puente fue destruido por la corriente en 2015, pero hay planes para reconstruirlo. De momento, en 2018, sigue vivo en la filatelia: 


*Felizmente, en febrero de 2020 la restauración del puente es ya un hecho.

 

Los truenos sonaban persistentemente en la lejanía y, con la esperanza de que mejorase el panorama, paré a comer allí cerca, junto al puente nuevo. La camarera me sacó unas serias albóndigas y una genuina ensalada griega.



 Como no dejaba de tronar le pregunté a la chica por el tiempo.

-¿Sabes algo de la previsión meteorológica?
-¿Previsión? No hace falta. Aquí siempre es igual.
-¿Entonces?
-Un poco de sol por la mañana, y luego nubes y tormenta. Prepárate.




La chavala tenía toda la razón, no iba a poder esquivar la tormenta. Tomé la decisión de continuar igualmente, total sólo había que subir del tirón desde el valle de Plaka a 200 metros de altitud hasta los 2200 del puerto cerca del pico Megalolivado. Al menos, el paisaje, rabiosamente verde y alpino, compensaría el esfuerzo y la incertidumbre.




El cielo tan pronto se despejaba como se cerraba completamente, los rayos caían más cerca o más lejos alternativamente... me iba a mojar bien. A mitad de subida paré a refugiarme unos minutos en la caseta de Basili, junto a su granja.



Una vez cesó la lluvia me animó a continuar, y me avisó de que todavía podría resguardame más arriba en otro refugio que encontraría en el camino. No hizo falta parar. El sirimiri me acompañó en el último tramo, y tras innumerables zigzags de la pista y también incontables dudas acerca de dónde me estaba metiendo, conseguí coronar.


 Anda que no me gusta a mí la nieve, y más en verano.



Para cuando llegué arriba, más helado y mojado que un pingüino, la tormenta se había disipado. Disfruté poco de las vistas y del subidón de adrenalina tras franquear el collado, una lástima, pero es que se hacía tarde y no tenía nada claro si la bajada hacia el siguiente valle estaría despejada. De hecho, nada más empezar el descenso el camino empeoró súbitamente. Tocaba sufrir unos kilómetros, pero a lo lejos se distinguía una pista decente. Lo conseguiría. O no... El tramo en bajada sobre pedruscos mojados fue exigente



y para cuando llegué a la siguiente caseta habitada me encontraba bastante fatigado e igualmente estresado. Como aquello no cambiara lo iba a pasar mal.



Los chavales que me recibieron me contaron que eran primos y que pasaban allí todo el verano cuidando sus rebaños. Me invitaron a refugiarme al calor de su cuchitril y a tomar un café que me revitalizó después de tantos esfuerzos. Comentaron que la pista era accesible por todoterreno justo hasta su caseta; por donde yo había bajado jamás habían visto un coche. También me dieron indicaciones para llegar al siguiente pueblito, Theodoriana y dónde alojarme, aunque no me enteré ni de la mitad, claro. En fin, menuda suerte tuve de encontrarme con ellos: me dieron techo, calor, bebida, información y ánimos.



Seguí bajando ya por una pista en condiciones y contacté con otros granjeros así como con sus perros pastores, indicaciones y escolta no me faltaron.



Tras un descenso larguísmo llegué a Theodoriana pero pasé de largo, pensé que encontraría alojamiento más adelante, cerca de la carretera "principal" que intuía cercana en el gps. Una vez en dicha carretera alguien me recomendó tirar a derechas, que en esa dirección encontraría pronto algún hotel. Anochecía y yo sin luz delantera. Ningún coche ni pueblo en cerca de 20 kilómetros...es que esta región de Épiro es desolada como pocas. Llegué a un túnel kilométrico iluminado... hasta que dejó de estarlo. Creo que es lo más peligroso que he hecho en mi vida: seguir recto entre tinieblas hacia un punto de luz del tamaño de una uña durante XX segundos que me parecieron eternos. Hubo suerte, y con las últimas luces del atardecer encontré una sórdida taberna a pie de carretera donde me dejaron dormir después de insistir un poco. Una jornada inolvidable.