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lunes, 13 de mayo de 2013

500 KMS POR EL PREPIRINEO OCCIDENTAL. ABRIL 2013. DÍA 3

DÍA 3. MUERDE LA REINA - MOURIÑO DE GÁLLEGO. 130 kms

Me levanté bastante fatigado, especialmente de brazos y manos. El cuerpo se programa según lo que le dicte el cerebro y este último día noté un bajón físico. Quedaba trabajo por hacer hasta llegar al coche, pero lo haría a bajo ritmo.

Tenía interés en explorar una larga senda cerca de Gonlás y ese se convirtió en el principal objetivo de la jornada. Primero avancé por rectos caminos de la Canal de Betún, y una vez pasado un pueblo llamado Viernes, volví a los empinados caminos forestales.


Subir y bajar por ellos fue lo más divertido que hice ese lunes. Me desconcentré, perdí el rumbo de la senda deseada, y en una pista inacabable acabé topándome con una cuadrilla de peones dirigidos por dos guardias forestales.

Ejem, creo que me he perdido. ¿Es esto la sierra de Santo Modingo?
La sierra es esa que tienes ahí mismo.
¿Puedo tirar a la derecha por el siguente cruce, ese de ahí delante?
No, es un camino restringido, como la mayoría de los que hay en la zona. Puedes seguir recto por aquí hasta la nacional, aunque es una lástima, ya que es todo asfalto. Puedes volver por donde has venido e irte hacia Hiel, allí los caminos están abiertos al tráfico.


El agente me dio muy buena información, y lo ideal habría sido ir hacia Hiel, pero ya no me quedaban ganas. En casa tenía interesantes tracks de esa zona precisamente, pero no los había cargado, así que me fui hacia la general para rodear la zona donde había encontrado a los guardias y reeengancharme al track más adelante, cosa que no sucedió hasta más allá de Villalengua. En la zona encontré este refugio, abierto, impecable y justo al lado de un arroyo.


Igualmente encontré muchas señales de prohibición, y como la ruta no aportaba gran cosa, decidí no arriesgrame más. Improvisé una ruta por carreteras terciarias hasta cerca de Anzánigo (tal vez os suene este nombre por tener un camping motero) y más tarde por pistas hacia los Llanos de Rigolos, previo paso por la foz de Falete:


Desde las alturas contemplé la zona, al otro lado del río Gállego, donde había comenzado mi aventura dos días antes.


Una visita fugaz al castillo y ermita de Marcuello, donde puede decirse que acaba el Prepirineo y empiezan las llanuras de la depresión del Ebro. 


  Más pistas hasta el castillo de Loarre y algún barranco intrascendente hasta Mouriño,


 a donde llegué poco después de las 3 de la tarde.

El último día de viaje suele ser triste y este no lo fue menos que otras veces. Con pocas fuerzas y poca acción, no fueron muchas las emociones vividas. Tras 500 kms de moto no quedaba nada más que un plácido viaje en coche hasta casa para descansar y preparar la siguiente escapada. Fin.


domingo, 12 de mayo de 2013

500 KMS POR EL PREPIRINEO OCCIDENTAL. ABRIL 2013. DÍA 2

DÍA 2. ZORONZ-ORBAITETA-MUERDE LA REINA. 200 kms

El día 2, domingo, estaba planeado como el día trail. Tenía pensado llegar a la costa vasca siguiendo rutas fáciles nuevas o más difíciles pero conocidas. La jornada anterior había llegado tan lejos como había previsto, hasta Zoronz y el hostal Salazar, con gasolinera 24h justo al otro lado de la carretera. Estratégicamente el lugar es difícilmente mejorable, y los dueños son enduro-friendly, más no se puede pedir.

La mañana, radiante, y a los pocos kilómetros, camino de Chaurrieta, el primer remojón.


En realidad toda la ropa todavía estaba mojada del día anterior, sencillamente volví al estado natural de esta excursión, el remojo permanente. Al principio molesta el chapoteo dentro de las botas, luego, te olvidas.

Kilómetro 10 y la cosa no cambiaba, empeoraba más bien, ahora el camino era un río directamente.


Cómo no, enseguida la primera caída. Por querer evitar un vado profundo con amenaza de arenas movedizas opté por cruzar sobre el cilindro de cemento y a pesar de ir con mucho tiento y asegurando, me la pegué. Tuve trabajo extra para levantar la moto, pues ni yo mismo me aguantaba de pie sobre el cemento o sobre el barro, pero comparado con el vía crucis sufrido justo 24 horas antes, aquello no fue nada.


Buena parte del camino hasta Chaurrieta fue así de húmedo, salvaje y embarrado. Comparado con la provincia de Huesca y Zaragoza ahora el terreno era muy diferente, sobre todo por la exuberancia de la vegetación. Alternas bosques densísimos con praderas y zonas anegadas, todo un desafío cuando no conoces la zona y vas con la moto bien cargada. Toca sufrir peleando con las ramas, los troncos caídos, la leña caída en el suelo, los vadeos casi constantes y los cenagales, pero merece la pena. Es tan distinto a nuestra zona mediterránea...


En Chaurrieta perdí el rumbo. Es el resultado de llevar 20 tracks metidos en el gps que se solapan entre sí. Tomé un atajo para salir del pueblo y fue entonces cuando me encontré con un quadtrero que salía de casa:

Ahí mismo tienes un árbol caído, no sé si podrás pasar.
Voy a intentarlo, si no puedo me doy la vuelta.
Si no pasas tengo el hacha preparada. Subo y lo corto, ¿eh?


Aquí tienen armas en casa y están preparados para usarlas. Lo siento pero soy de ciudad, me choca un poco este estilo de vida tan auténtico en el agro. No hizo falta pedirle ayuda al paisano, pude pasar por abajo y seguir adelante. Abandoné los bosques para internarme en una zona de cómodos prados. Vaya cambio, de no tener apenas luz a vislumbrar un horizonte despejado.


 
Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en Escaro, bonito pueblo, pero algo desviado del track previsto.

 
Creo que la colonia pestilente de las mujeres que iban a misa por aquellos pueblos me intoxicó y confundí los tracks. Comprendí que había perdido un tiempo precioso y que sería imposible llegar a la costa y volver a Zoronz en el mismo día, de modo que pasé al plan B: explorar los tracks más cercanos sin importarme el destino e improvisar después una ruta que me acercara progresivamente hasta el sur. 

Por lo menos llegaría hasta Orbaiteta, desde donde ya conocía rutas hacia el mar de otras incursiones. Si conseguía llegar hasta ese pueblo, completaría un teórico y largo track desde Ayerbe hasta el Cantábrico. Regresé a Chaurrieta y en cuanto pude puse rumbo norte hacia la falda de la sierra de Adobi, donde además de los habituales obstáculos, apareció la nieve.


Lo que de verdad acabó de bloquearme el paso fue el barro en una ridícula rampa. El escenario me sonaba: una vaguada aparentemente inofensiva con un arroyo en su parte más baja y un profundo lecho de barro y hojas secas donde se crea un magma de fabulosas propiedades lubricantes.


En el primer intento llegué relativamente lejos; en el segundo ya había removido el barro de la rampa y el resultado fue mucho peor. Sin ayuda extra no culminaría jamás, y tampoco había roderas de moto que desmostraran que fuera posible subir. 

El recorrido hasta allí me había gustado, y tenía ganas de saber cómo continuaba el camino, así que emprendí un largo rodeo por asfalto hasta Orbaiteta (el punto más septentrional de toda la excursión) y volví por pistas hasta la resbaladiza rampa para hacerla en bajada. Una vez más, el paisaje, excepcional.


Finalmente, llegué a la vaguada, bajé la cuesta y, con resbalón incluído, conseguí cerrar el círculo. A partir de ese instante, rodaría siempre hacia el sureste de vuelta a casa.

Volví a Escaro para reengancharme al track enduro previsto para la parte final del sábado y que no hice por falta de tiempo, pero los árboles derribados durante el invierno detuvieron mi avance. Algunos árboles pude esquivarlos, y unas cuantas ramas podía serrarlas, pero todo un tronco, definitivamente, no.


Otras alternativas las encontré también cegadas, o sencillamente el suelo por donde pasaban se había desplomado. Volví a pasar por Zoronz y me interné por otros bosques espesos, pero con resultados igualmente infructuosos.


Había cargado varios tracks de ese área en previsión de probables dificultades, pero uno tras otro me fueron fallando todos. Acorté por asfalto hasta Divángoz, donde me encontré con árboles todavía más mastodónticos cortando la ruta. Una senda marcada como ruta btt parecía inicialmente practicable, sobre todo después de desbrozarla yo con el serrucho, pero enseguida se puso muy embarrada y cuesta arriba, qué lástima. Con menos barro o con un compañero para ayudarnos habría sido fantástica, pero en solitario tuve que abandonar incluso antes de atascarme. Sabía por el mapa que era larga y cuesta arriba y el fracaso sólo era cuestión de un centenar de metros. Bastante frustrado me dirigí a Gurgui, pensando en no volver por Navarra en unos cuantos meses, al menos hasta que tengan tiempo de limpiar los bosques. 


Al menos, el medio litro de cerveza que me casqué en la taberna de dicha población me proporcionó ánimos renovados para afrontar la que sería posiblemente la sección más satisfactoria de la jornada. Me quedaban por delante 30 kms offroad desconocidos y desolados, desde Gurgui a la N-240, pasando previamente por el pueblo semiabandonado de Borlés (10 habitantes).

Nada más salir de Gurgui la lucha habitual con los árboles caídos. Dada la hora que es, cerca de las 8, pienso en renunciar ante el primer tronco serio, pero saco fuerzas de flaqueza y el serrucho y corto lo justo para pasar. Me sorprende que nadie haya hecho este trabajo antes que yo, ¿es que no pasa nadie por allí o qué? La pista sube mucho, luego se transforma en camino y sube más todavía. Encuentro huellas de una moto de trial (¿esto es buena o mala señal?). La pendiente es cada vez más notable, y justo después de una pequeña barrera de árboles tumbados se empina alarmantemente. Pienso en abandonar, pero entre la maleza distingo que hay una alternativa en zigzag, así que despejo la zona y sigo hacia arriba. El camino acaba por transformarse en sendita que llanea a través del bosque. Aquello no se aclara, ¡empeora! ¿A dónde iremos a parar?


La senda no es muy larga y desemboca en un altiplano donde llaneo por pistas hasta una casucha de donde sale humo por la chimenea. 

Justo al lado, una señal de prohibido el paso a todos los vehículos. No es la primera que encuentro, pero puesto que hay gente allí al lado, decido preguntar. Doy un grito y salen una pareja de ancianos a recibirme.

¿Se puede pasar por esta pista?
Claro, ¿hacia dónde vas?
Voy camino de Borlás.
Borlés. Sí, puedes llegar hasta allí y también hasta Vilarreal del Chacal.
Bueno, yo lo pregunto por la señal. ¿Está prohibido para las motos?
Hombre, hasta ahora no ha habido mayor problema.


Me despido de los abueletes y sigo marcha por pistas arriba y abajo, siempre con la incertidumbre de si el camino estará expedito. Como me dijo el anciano, se podía pasar: aquí han hecho funcionar las motosierras y han serrado unos cuantos troncos caídos. Menos mal, porque atardecía y no me habría hecho ninguna gracia tener que volver a Gurgui por el difícil camino de ida.

Una vez en Borlés "circunvalo" la aldea. Unos paisanos me indican por donde no tengo que ir, y me veo abocado a tirarme colina abajo para seguir el track ideado por mí en casa. Ostras, yo no contaba con tanta pendiente.


La senda que yo había visto en la foto de satélite realmente existe, pero debo ser el primer humano que pasa por allí en varias décadas. Trampeando y sin saber si llegaría a algún sitio, me interno en un barranquillo y consigo salir hasta la siguiente pista.


El verde de Navarra se desvanece y me adentro en las tierras ocres y secas de Huesca. Secas relativamente, me espera a continuación la rambla del Chacal, donde espero que el agua del deshielo me permita circular por su cauce.

El acceso a la rambla era algo dudoso, ya lo sabía, pero llegado el momento de meterme en ella, no tuve claro si dejarme caer por un talud hasta un campo de cultivo semiabandonado. Di un par de vueltas de reconocimiento hasta encontrar una entrada menos complicada en caso de retirada y me lancé al cauce del río.


Relativamente plano y escasamente inundado, el barranco me proporcionó una divertida vía de avance hacia el valle del Gállego durante más de 5 kilómetros. Esta sección totalmente fuera pista fue de lo mejor de todo el viaje y digna de repetición, aunque imagino que no siempre llevará tanta agua como durante esta primavera.


El lecho estaba limpio de zonas pantanosas; las piedras eran planas o angulosas, nunca redondas, y proporcionaban un agarre perfecto; el agua cristalina te dejaba siempre ver el fondo y calcular la profundidad. No di ni un patinazo, y sólo una vez me sumergí más de lo esperado, a pesar de cruzar de orilla a orilla infinidad de veces o de transitar directamente por dentro del río. Una gozada que poco a poco fue cambiando a peor. El cauce se fue estrechando, la vegetación de ribera espesando, y los taludes cada vez eran más altos. Ya con menos luz empecé a preocuparme pues no veía clara la salida. Algunos ramales del río estaban cegados por arbustos, otros profundizaban demasiado. Me vi obligado a alejarme de la rambla y a internarme casi a ciegas entre matorrales, navegando campo a través hacia el único camino que figuraba en el gps. Tras pasar unos minutos algo angustiosos, logré conectar con dicho camino, y ya entre campos verdes, llegué a la nacional justo al anochecer.


La rambla del Chacal en concreto, y en general toda la ruta desde Gurgui, habían sido un gran éxito, con un buen balance de emociones y descubrimientos, así que no quedaba más que abrigarse y dirigirme hasta Muerde la Reina para buscar cobijo. Bueno, antes me detuve en Berdún para celebrar con una cerveza el final feliz de los 200 kms de excursión dominical. Y aún me quedaba otro día por delante.

sábado, 11 de mayo de 2013

500 KMS POR EL PREPIRINEO OCCIDENTAL. ABRIL 2013 .DÍA 1

Fueron tres días y medio intensos al volante y al manillar, de viernes a lunes. Como suele pasar en estos viajes largos hubo un poco de todo: clímax, decepción, aburrimiento, excitación, sorpresa, etc. Suerte de las fotos y el gps, si no, no recordaría ni la décima parte de lo sucedido.

DÍA 1. MOURIÑO DE GÁLLEGO-ZORONZ. 170 kms

Tenía pensado salir desde Ayerbe pero a última hora encontré un hotel que estratégicamente me convenía más en Mouriño, unos kms más al norte. Mirad si era conveniente que nada más salir el sábado, en el kilómetro 1 de excursión, ya estaba en pleno fregado,


y en el 3 seguíamos igual, avanzando hacia los Llanos de Rigolos por destartalado sendero. En realidad el río Gállego me separaba de esas moles verticales. 


No sabía muy bien cómo, pero debía avanzar a media altura por aquel desfiladero hasta acabar unos 5 kilómetros en total de la llamada por mí "senda de aproximación".


La trialera "buena" venía a continuación, pero con esta ya tuve bastante, imagináos cómo sería.


Recordaba haber trazado aquel track a conciencia, pero no me sonaba que fuera tan colgado sobre el abismo. Llegué a un primer punto de no retorno, o al menos de muy difícil retorno. No por el precipicio en sí, sino por la relativamente fuerte bajada que venía a continuación. Era pronto, estaba fuerte y con ganas, así que asumí el riesgo.

 
Aquí el mismo lugar visto desde otro ángulo. Di un pequeño paseo para asegurarme de que no había otro obstáculo peor después y me lancé.


Iba relativamente bien, los problemas llegaron después. La senda se volvió más empinada y estrecha a la vez que las rocas fueron reemplazadas por tierra. La cornisa por la que avanzaba se volvió más resbaladiza y a veces con cierta inclinación hacia el vacío. Con el cansancio llegaron los errores, y a pesar de descabalgar para pasar los lugares más conflictivos, perdí la rueda trasera en tres ocasiones. Por suerte la moto no se fue al infierno, pero me costó bastante levantarla para volver a situarla en la estrecha repisa. Fueron maniobras penosas y delicadas, y me tomé mi tiempo para no agotarme ni empeorar la posición de la máquina, muy expuesta en todo momento. Al menos podía disfrutar de una incomparable vista: los Mallos, el río, las balsas de rafting, y también el ir y venir de motos deportivas por la carretera que tenía debajo mismo. Algunos coches se detenían en el arcén para observar a los piragüistas y balseros; en alguna ocasión creo que me miraban a mí cuando hacía el afilador por aquellas rampas unos cuantos metros más arriba. Debían flipar. Y yo sudando la gota gorda.

Consumí mis reservas de agua y también una dosis de isostar-gelatina (gracias por la recomendación, Moncu Cool , esta vez ya ves que venía más preparado para los excesos). Con la solana, los excesos y el stress de no saber si saldría vivo de allí, entré en la fase de supervivencia, o sea, la fase en la que piensas qué coño estás haciendo allí y en la que empiezas a obsesionarte con la salida. Tras superar un pequeño collado se iniciaba un cómodo descenso sin exposición, y a unos 500 metros se vislumbraba una granja donde debía terminar el sendero. Lo más dramático había pasado.

Eso creía yo. Unos 100 metros antes de conectar con la pista que llevaba a la granja me encontré con un torrente que fracturaba el terreno más de lo deseable. Aunque el paso era algo peligroso por lo menos no moriría deshidratado, y mientras reconocía el terreno engullí algún que otro litro de agua para recuperarme del sofocón que llevaba acumulado. El reconocimiento me dejó desolado: la salida del torrente implicaba superar un escalón de casi un metro de altura, perfectamente vertical, en diagonal a la trayectoria más propicia, con un pozo profundo a su derecha, y justo después de cruzar el riachuelo sobre rocas babosas y enfangadas. Aquel golpe de teatro no me lo esperaba. Había soportado muy dignamente un calvario sobre el abismo y ahora un maldito escalón me separaba definitivamente de la salida. Volver atrás era una locura, tocaba pues acometer tareas de ingeniería por mucho que me costasen.

Picando piedras rebajé el escalón lo que pude, y después trasporté algunas losas hasta su base para no enfangar las ruedas justo antes de acometer la subida. Me costó un tiempo, pero no había más remedio. Tras concluir el trabajo de zapador, situé la moto en posición y sin pensarlo mucho más, di gas y tiré para arriba. Tuve la agradable sensación de que iba a coronar, pero no, me faltó el último tercio. La moto quedó escorada en difícil posición a punto de precipitarse al pozo. Si intentaba levantarla para volver atrás y probar un segundo intento, seguramente se escurriría sin remisión hacia las profundidades; había quedado en equilibrio muy precario y un solo movimiento más de la moto acabaría en catástrofe. Enseguida entendí que aquello no era tarea para un solo hombre.

Pensé en pedir ayuda al granjero, con suerte estaría en casa, y solamente había unos 300 metros hasta allí. Mientras caminaba hacia la granja comprobé con rabia la ridícula dificultad del sendero que me quedaba por delante. Ya de paso me electrocuté con el pastor eléctrico que bordeaba el camino, y encima en la granja no había nadie, solo bestias. El plan C consistía en bajar por la pista hasta la carretera (otros 300 metros más, por suerte), y pedir ayuda a alguno de los motoristas que pasaban por allí. Debía ser ya la hora de comer, porque una vez en el asfalto no pasaba nadie, joder. Por suerte, la primera moto que pasó se detuvo y el piloto se mostró receptivo. Dejó a su novia y a la Triumph en la carretera y nosotros dos nos subimos a pie hasta el lugar del casi-naufragio. Allí nos rebozamos en barro y agua, pero al final y no sin dificultad, subimos la moto. 


Tras varios intentos infructuosos el chaval sugirió subirla con el motor parado, girando las ruedas a mano, y, ¡eureka! A mí no se me habría ocurrido en aquella situación, pensaba que la moto pesaba demasiado, pero el tío estuvo acertadísimo y yo, seguramente, estaba KO mentalmente. En cuanto liberamos la drz el tío se largó corriendo, no sé si más preocupado por la novia o por la moto. Si no es por él, no salgo del lío. ¡Gracias!

Una foto del lugar tras el rescate. En primer término las piedrecitas que me tocó mover, y en segundo plano, el escalón ya rebajado.


Cuatro horas y media para cubrir esos 7 kilómetros iniciales. Para una vez que madrugo y me planteo una ruta razonable y moderada de menos de 200 kms, me encuentro con una barrera infranqueable, qué cosas tiene el destino.

Eran ya más de las 2 y había perdido toda la mañana para nada. La senda de aproximación había sido espectacular pero muy arriesgada, y sobre todo, había supuesto un gran derroche de tiempo. A continuación tenía programada la gran trialera del día, unos 4 kms de ascenso constante que prometían mucho, podría decirse que mi ideal de sendero. Cuando me quise dar cuenta, ya había pasado la moto por debajo del cable del pastor eléctrico, y si quería hacer dicha subida me tocaba volver a tirar la moto al suelo por debajo del cable, esta vez cuesta arriba. Podía hacer el esfuerzo, pero ante la duda, me puse a reflexionar y en última instancia decidí variar el plan: dedicaría el resto del día a avanzar hacia el norte minimizando riesgos, ya había tenido un inicio de excursión suficientemente intenso.

Retrocedí un poco por carretera y me dirigí de vuelta a Rumillo donde pillé un espectacular sendero medieval empedrado,


que me condujo a Awero, donde hay otros Mallos menos conocidos pero no menos fabulosos.

Nada más llegar al pueblo vi dos motos de campo que iban hacia la base de los mallos. Aceleré hasta alcanzarlos justo cuando estaban detenidos en un cruce. Eran dos motos de trial-excurisión, una Pampera y una Beta Alp. Los chavales iban sin mapa ni gps, así que les invité a seguirme si querían. A los pocos segundos de estar charlando uno me salió con el mantra ese de "hay senderistas, tenemos que respetarlos si queremos que nos respeten y blah blah blah" y ya me cortó bastante el rollo. No sé si es que me vieron muy fiero y me lanzaron ese sermón para que no hiciera mucho el cafre, ni idea. El caso es que guié un trecho y se me iban quedando atrás.  Llegamos a una cadena que cerraba el paso, la abordé por un lateral y entonces llegaron ellos; me quedé un poco enganchado y uno vino enseguida a liberarme. Eran buena gente, pero yo creo que de la cadena ya no pasaron. Subí un par de kilómetros y estuve esperándoles en un manantial, pero no venían, así que seguí mi rumbo en solitario por aquellos precipicios. Se podía bajar hasta unas balsas preciosas para bañarse, pero no podía demorarme más.


Vislumbré una columna de senderistas que iban camino de los mallos; en cuanto perdí contacto visual con ellos tiré por una bonita senda que pasaba por esta cueva


 y que también cruzaba este bonito arroyo.


Llegué al collado Chipa donde podía enlazar con otra senda, pero no lo vi claro y tiré por otros caminuchos y vías pecuarias en diversos grados de abandono o encharcamiento. Comencé la fase central del día, básicamente pistera, pero muy dura por el barro, los surcos y el deterioro de los caminos. Además, había que ir esquivando árboles caídos aquí y allá permanentemente.

También comencé la fase en que no piensas bien y te haces un lío con los tracks. Cuando me di cuenta de que iba camino de Hiel, entendí que había confundido el track de ida con el de vuelta. Kilómetro 47 y ya manifestaba desmadre mental, qué peligro.


El letrero lo ponía bien claro: "barranco de los asnos". Al menos era agradable, facilillo y con riachuelo, una gozada.


Me había desviado de la ruta prevista, pero todavía podía reconducir la situación. Durante la preparación del viaje había acumulado muchos tracks con senderos de la zona de Hiel, pero desgraciadamente solo había conservado uno, y estaba previsto hacerlo de bajada. Cuando vi por dónde pasaba comprendí por qué: era una pared insuperable, un cortafuegos muy vertical que ni siquiera me dio miedo. Sencillamente era imposible para mí.

Probé con algún pr que se me cruzó en el camino pero se desviaban de mi ruta, así que improvisé un tiempo por senditas y caminillos, algunos muy placenteros, pero poco funcionales, pues morían en alguna valla o se iban al carajo. Todo esto sucedió en el entorno de la sierra de Santo Modingo, un cuchillo gigante solo franqueable a través del Portillo de Gonlás, una brecha en medio de una cresta rocosa inacabable.


Me costó encontrar el paso, pero al final di con él, y así fue como pude refrescarme la vista con la visión de los Pirineos.


La bajada a Gonlás fue rápida, pues la vertiente norte de la sierra estaba muy embarrada, y con buen criterio desestimé una larga senda en descenso que cruzaba un par de arroyos. La tarde estaba resultando muy pistera, demasiado, pero el tiempo apremiaba. Llevaba mucho retraso acumulado, y tampoco eran horas ya de jugármela en terreno hostil.


Desde Gonlás debía seguir siempre hacia el norte, esta vez ascendiendo por un divertido zigzag que surcaba un cortafuegos, con algunas rampas fuertes de verdad, hasta alcanzar la cima del Puy Daras. Desde el pico, la gran cordillera estaba ya más cerca.


Larga y embarrada bajada hasta Bawés por caminos de todo tipo, siempre con la amenaza de toparme con un árbol caído o un derrumbamiento infranqueables. Por suerte, pude superar todos los obstáculos. En las inmediaciones de Bawés me tocó esperar a que un rebaño de ovejas despejaran el camino, momento en que entablé conversación con el pastor que las vigilaba desde su Land Rover. Me aconsejó sobre mi ruta y también me comentó el invierno que habían pasado por aquellas tierras.

Antes nevaba más, desde luego, pero como este invierno yo no he visto nevar jamás. Y tengo 76 años.

Cuando llegué al siguiente pueblito, Mianos, me detuve en los lavaderos para retirar algunos de los kilos de barro que llevava la moto encima. Tarde de pistas, sí, pero muy lentas y pesadas por culpa del barro, los charcos y los surcos.

Finalmente había llegado al valle del río Aragón. Por carretera me acerqué a la solitaria gasolinera (vaya redundancia, en Huesca es todo solitario) de Venta Carrica, un poco por la curiosidad de saber si estaba abierta el sábado por la tarde, y también por asegurarme un depósito lleno para el día siguiente. Una vez confirmada la autonomía del domingo, más enlace hasta Siwés, donde acometí la última parte offroad antes de que cayese la noche. No encontré la primera senda prevista para llegar al siguiente pueblo, pero el "camino" sustitutivo ya me dejó contento. La siguente senda, en bajada hasta Valsatierra de Esca sí estaba en su sitio y también cumplió las expectativas.


Tenía pensado parar a dormir algo más adelante, pero no me apetecía conducir de noche, así que paré a preguntar. Mientras hablaba con unos chavales apareció un tipo con pinta de pijo de ciudad.

Oye, ¿eras tú el que bajaba antes por ahí con la moto?
Pues sí.
¿Y qué tal se baja? ¿Es difícil?
Hombre, con dificultades, pero se puede.
Joder, joder.


Fui incapaz de entender si sus últimas palabras eran de reprobación o algo peor. Estuve a punto de preguntarle si tenía algo en contra de las motos, pero me contuve. Estaba claro que me habían visto bajar por culpa de la luz de la moto y porque la senda se contempla perfectamente desde el pueblo. Ya pensaba que podía suceder algo así mientras bajaba entre piedras y arbustos, pero no que me encontraría cara a cara con un espectador tan peculiar.

El caso es que en el hostal de Valsatierra no había sitio. Se imponía abrigarse y seguir de noche por asfalto unos 30 kms hasta Zoronz, ya en Navarra, donde, tras telefonear, sabía que encontraría habitación. Mientras montaba las mangas de la chaqueta, el hostelero salió a la calle a interesarse por mi viaje. El hombre se mostró amable y creo que en el fondo hasta le supo mal no poder darme habitación a pesar de lo sucio que iba.

Sobre las 9:30 llegué a Zoronz, cubierto de barro y maloliente, tras pasar del valle del Roncal al de Salazar.

Lo siento, vengo hecho un Ecce-Homo. Intentaré ensuciar lo menos posible.
No pasa nada hombre. ¿Vienes todo por monte con la moto? ¿Alguna sendica interesante?


Comentarios como ese te hacen sonreír después de un día exigente en solitario encima de la moto. Vaya tipo el del hostal, así da gusto. Una vez en la habitación me quité ropa y botas dentro de la ducha para no inundar el cuarto con todo tipo de residuos vegetales y minerales, y acto seguido bajé a comer algo sólido por primera vez en todo el día si exceptuamos un par de barritas. Alubias con perdiz de primero y un bacalao de segundo me dejaron listo para mi merecido encuentro con morfeo tras casi 12 horas seguidas de traqueteo.